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    martes, 21 de febrero de 2012


    Para Lau, por mantener a flote el sentimiento vilmares. Gracias por estar ahí siempre.

    Andrés Palomares no era de los que se conformaban con algo seguro en vez de arriesgarse a conseguir algo más, de los que se quedaban esperando a ver qué pasaba. Había tomado muchas decisiones difíciles en su vida, de esas de las que te puedes arrepentir y mucho, de esas de las que tu madre te pedía que lo pensaras muy bien cientos de veces. Y no creía haberse equivocado.
    Cuando apenas contaba con diecisiete años dictaminó que en cuanto cumpliese la mayoría de edad ingresaría en el seminario y empezaría su camino hacia el sacerdocio. Siempre había tenido una fe enorme, de esas que mueven montañas, y no creía que dedicando su vida por entero a la religión se estuviese perdiendo nada importante. Nunca había sido bueno en el amor, así que, ¿por qué no? Lo fundamental de vivir es hacerlo por algo que amas, y él amaba su fe con todo su corazón. Parecía el camino perfecto para Andrés Palomares. También le había parecido el camino perfecto embarcarse en el Estrella Polar tres meses atrás y, paradójicamente, esa decisión le había salvado la vida. Subirse a ese barco había hecho que perdiese a su familia pero también le había proporcionado una nueva, compañeros, amigos, prácticamente hermanos. Estaría dispuesto a dar la vida por muchos de ellos. Por eso nunca se había arrepentido de esas decisiones tan duras que había tomado a lo largo de su vida, porque le habían llevado exactamente al punto donde estaba ahora, y había merecido la pena a pesar de todo. Andrés Palomares había sido siempre un hombre valiente... hasta ahora.
    Estaba enamorado. Por primera y única vez en su vida, y se atrevería a añadir que por última, estaba enamorado. No había forma de negar aquello que sentía, negar lo que sentía por Vilma sería la mentira más grande que podía salir de su boca. Y sin embargo lo había hecho. Se lo había dicho a Ramiro, había afirmado sin poder reprimir un par de lágrimas que Vilma no lo llenaba. ¿Un intento de autoconvencerse? No. Un intento de convencer a los demás. Esta vez Andrés Palomares había sido el más cobarde de los mortales, porque había renunciado a algo que amaba sin ni siquiera probarlo, creyendo estar seguro de que no funcionaría. Si ni siquiera lo habían intentado... y habían puesto todo patas arriba. La relación de Piti y Vilma, la rabia de Estela, incluso su propia fe. Había decidido renunciar a ella y refugiarse en lo fácil, en la seguridad que le había proporcionado siempre su alzacuellos. Pero Vilma no se lo había perdonado.
    Apenas le dirigía la palabra, a no ser que fuese para dedicarle un par de dardos envenenados. La rubia parecía culpar de toda la situación a Andrés: del sufrimiento de Piti, del suyo propio, de que ahora su hijo no tenía a nadie a quien llamar papá. Como si para Palomares todo hubiese sido un simple juego, como si él no supiese lo que era tener el corazón en carne viva por alguien a quien no te permites tocar a pesar de que sabes que lo amas con locura, a pesar de que sabes que ese sentimiento es correspondido. Pero no podían estar juntos, no era una opción. Además, pese a sus sentimientos, ella ni siquiera había mostrado que lo quisiera intentar. Había sido Piti el que la había dejado a ella, no ella a él. Vilma había sido incapaz de apostar por los sentimientos que tenía por Andrés. Así pues, quizá todo fuese mejor así, ¿no? Si Vilma lo odiaba él no tenía ninguna razón para plantearse abandonar esa comodidad en la que se había empeñado vivir, no tenía la necesidad de arriesgarse a perder todo lo que su fe le proporcionaba. Ahora que Piti no era un obstáculo entre ellos, que Vilma lo odiase era la forma más fácil de sobrevivir en aquel barco.
    Un carraspeo le hizo recordar que, de hecho, estaban en plena clase de supervivencia y que a Gamboa no parecía gustarle su actitud en el aula.
    —¿Le tengo que repetir la pregunta por tercera vez, Palomares? Parece que lo que sea que está pasando por su cabeza le parece más importante que aprender qué hacer en una situación de emergencia.
    —Estará pensando en el próximo sermón que nos va a dar, como ahora está tan comprometido con su fe... Vete a saber tú si la semana que viene vuelve a quitarse el alzacuellos. —La voz de Vilma atravesó la sala desde el otro lado del aula. Ni siquiera tenía la mirada posada en él, pero su cara mostraba la expresión de fastidio que se había vuelto permanente en los últimos días.
    —Bueno, creo que algunas en este barco necesitan esos sermones urgentemente. —Las palabras salieron de la boca de Andrés sin apenas pensarlas. Ni siquiera las sentía. Pero se había obcecado en conseguir que Vilma lo odiase más y más, era casi un placer masoquista que se había alojado en su corazón. Una forma egoísta de sentirse más seguro de la decisión que había tomado.
    —¿Ah sí? —Esta vez ella sí se giró para mirarlo. —¿Y quién me los va a dar? ¿Tú, precisamente tú? ¿Cómo te atreves...?
    —¡Basta! —La voz de Gamboa hizo que los dos se giraran a mirarlo. Palomares había vuelto a olvidar que estaban en medio de una clase... era el efecto que solía tener Vilma en él. —Ahora mismo, los dos aquí abajo. A ver si demostrándole a la clase cómo se pone un arnés podéis manteneros callados.
    —Pero...—La voz de Vilma volvió a intentar abrirse paso.
    —Ni peros ni nada. Los dos aquí abajo, ahora mismo. Palomares nos va a enseñar cómo colocar un arnés a una compañera.
    Los dos bajaron hasta donde estaba Gamboa sin ni siquiera dirigirse la mirada, cada uno por un lado opuesto de la clase y sin abrir la boca ni un momento. Fue otro compañero el que se atrevió a cuestionar la decisión de Gamboa.
    —Vilma está embarazada, ¿no puede ser peligroso?
    —Si resulta que este barco tiene algún problema ella va a tener que ponerse el arnés con bombo o sin él, Gironés. —El colombiano ni intentó suavizar sus palabras con una media sonrisa, como solía hacer. Se giró hacia donde estaban Vilma y Andrés y le tendió el arnés que tenía en la mano a este último. —Será más fácil si ella se sienta en la mesa.
    Vilma se dirigió hacia el escritorio sin levantar la vista del suelo y con esa cara de fastidio que no había dejado de acompañarla en ningún momento. Palomares se acercó a ella; su caballerosidad fue más fuerte que aquel deseo de hacerse odiar e intentó ayudarla a sentarse en la mesa, pero la cabezonería de la rubia no lo permitió.
    —Ya sé que tú puedes subirme a esta mesa, pero puedo sola, gracias.
    Un escalofrío recorrió la espalda del sacerdote con esas palabras. Sabía que Vilma estaba furiosa, pero no pensaba que pudiese decir algo así, que pudiese referirse al momento que habían compartido en ese mismo aula un par de semanas atrás. Quizá le había hecho más daño del que pensaba. Sacudiendo la cabeza en un intento de serenarse, se fijó en que ella ya estaba sobre la mesa esperando que aquello acabase lo más pronto posible, así que se apresuró a acercarse a la mesa. Despacio, cogió la pierna izquierda de Vilma y la levantó para pasar una de las correas del arnés por ella, intentando minimizar al máximo el roce de su mano con la suave piel de ella. Repitió la operación con la pierna derecha, y cuando lo hubo hecho, comenzó a subir el arnés lentamente. Vilma tenía que incorporarse levemente para que él pudiese subir el arnés por encima de sus caderas, así que apoyó una mano en el hombro de Palomares para hacerlo. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, retiró la mano con rapidez y la colocó sobre la mesa, sin mirarle a la cara.
    —Muy bien, ahora abrócheselo.
    Las manos de Palomares viajaron hasta la cintura del arnés y rozaron por un momento el estómago de ella. Ninguno de los dos pudo evitar que sus ojos se cruzaran durante unos segundos. Precisamente ese había sido el último roce del que habían disfrutado, cuando la mano de Palomares se había posado sobre su barriga para notar el movimiento del bebé en cubierta. Para ella había sido un acto reflejo, como si su corazón hubiese sentido que lo lógico era que Andrés compartiese con ella el momento en que su bebé se movía por primera vez. Para él, simplemente, había sido la sensación más maravillosa de su vida. Y ahora allí estaban, en la misma posición en la que habían compartido el beso más apasionado que cualquiera pudiese imaginar, a unos pocos centímetros el uno del otro, colgados de una mirada compartida. A punto de dejarse llevar. Daban igual los intentos de odiarlo por parte de ella, los de hacer todo lo posible por no arrepentirse ni un sólo momento de su decisión por parte de él. Iban a besarse, en ese preciso segundo y en el mismo lugar donde lo habían hecho la última vez. Palomares se inclinó un poco más sobre ella, y entonces la cruz que llevaba bajo su camiseta de tirantes se salió y quedó balanceándose suavemente entre los dos.
    La reacción de Vilma fue instantánea. La visión de la cruz, de lo que significaba que esa cruz estuviese colgada del cuello de Andrés y que casi había olvidado por un segundo hizo que se apartara rápidamente de él, llegando a empujarlo hacia atrás apoyando la mano en el pecho de él. La cara de fastidio remplazó a la mirada que habían compartido antes.
    —Puedo abrochármelo yo solita.
    Afortunadamente, la voz de Gamboa anunció el final de la clase en ese momento. Vilma se quitó el arnés rápidamente y lo dejó en la mesa, recogió las cosas de su pupitre y salió por la puerta sin mirar atrás. Andrés se tomó su tiempo en subir a por su libreta y coger su par de bolígrafos, intentando serenarse y asegurándose de que Vilma tendría tiempo para llegar hasta su camarote y que no se la cruzaría accidentalmente por los pasillos. Todos los demás alumnos fueron saliendo del aula, excepto alguien que se quedó esperando a Palomares.
    —¿No crees que ya es hora de que Vilma y tú dejéis esta tontería de fingir que os odiáis?
    Palomares se giró para encontrarse con la mirada del que se había convertido en su mejor amigo, del que le había dado los mejores consejos desde que se había subido a ese barco a pesar de que muchas veces no los había seguido. Quizá Ramiro merecía una explicación que incluyese la verdad, quizá delante de él podría admitir por qué estaba haciendo lo que estaba haciendo. Pero no se atrevía.
    —Vilma no finge odiarme. Me odia. Es mejor así. —Empezó a bajar los escalones en dirección a la puerta pero Ramiro lo retuvo por el brazo.
    —Mira Andrés, puede que el resto del barco se haya creído que lo que sentías por ella no era tan fuerte como parecía, pero a mí no me engañas. Y a ti mismo tampoco. —Palomares bajó la mirada tragando saliva, sin atreverse a decir una palabra todavía. —Os estáis haciendo daño el uno al otro. No sé qué habrá pasado, por qué este triángulo habrá desembocado en tres personas solteras... Pero no podéis seguir así. Eráis amigos, Palomares, amigos. No podéis perder eso, no podéis seguir causándoos más sufrimiento.
    Es gracioso cómo el ser humano necesita que venga alguien más a esclarecerle lo que tiene que hacer para darse cuenta de ello. Palomares sabía que él mismo sufría con esa situación, que le dolía recibir todas esas palabras de Vilma, pero no se había parado a pensar que ella también estaba sufriendo con las de él. Creía, se había llegado a autoconvencer de que la manera más rápida y efectiva de acabar con el sufrimiento que le había causado volviendo a ser cura era haciendo que lo odiase. Pero, ¿cómo no te va a doler odiar a una persona a la que amabas? ¿Recibir palabras dirigidas a fomentar ese odio? Y Vilma lo amaba, de eso estaba seguro. No sabía si se podía querer a dos personas a la vez, si Vilma había estado realmente enamorada de Piti. Pero la forma en que lo había besado a él en ese mismo aula, la manera en que sus manos temblaban con su roce cuando le confesó en voz alta que estaba enamorada de él no le dejaban ninguna duda de que Vilma estaba enamorada de Andrés Palomares tanto como él lo estaba de ella. Él lo sabía porque esos sentimientos eran un reflejo de los suyos. Así que, al igual que a él se le clavaba cada una de esas palabras de odio en el corazón como dagas ardiendo, a ella debía sucederle lo mismo.
    Palomares se vio obligado a apoyarse en el pupitre más cercano cuando se percató de ello. ¿Qué había hecho? Había condenado a la persona que más había querido en la vida. ¿Esa era su forma de predicar su fe, de ser un buen cristiano? Lo había echado todo a perder. Todavía estaba dispuesto a renunciar a ella, iba a hacerlo, pero no estaba dispuesto a que se perdieran como amigos. Tenían que  hablar y solucionar las cosas. Por fin miró a Ramiro, que lo observaba expectante.
    —Voy a hablar con ella.
    El moreno sonrió, contento de haber ayudado a su amigo, y Palomares lo abrazó fuertemente. No se le daba muy bien expresar sus sentimientos con palabras, pero esperaba que aquel abrazo pudiese demostrar lo agradecido que estaba por todo. Finalmente, se separó de él sonriendo y cruzó la puerta decidido a hablar con la chica.

    Vilma estaba sola en el camarote de las chicas, tumbada boca arriba sobre su cama. Desde que lo había dejado con Piti había recuperado su antiguo lugar en ese camarote que había extrañado tanto. Tenía las manos colocadas sobre su barriga, los ojos abiertos enfocados en el techo y algunas lágrimas corriendo por sus mejillas cuando llamaron a la puerta suavemente. Supuso que sería alguna de las chicas así que se secó las lágrimas y se incorporó murmurando un 'adelante'. Palomares asomó la cabeza por la puerta y, al verlo, el semblante de ella cambió radicalmente.
    —La capilla está en el piso de abajo.
    Volvió a tumbarse en la cama pero esta vez de lado, mirando hacia el lado contrario a la puerta para perderlo de vista cuanto antes. Andrés cerró la puerta tras su espalda y dio unos pasos hacia adelante, aunque no se atrevió a acercarse más a la cama de ella.
    —Quiero hablar contigo.
    Vilma pensó en ignorarle pero estaba demasiado enfadada para hacerlo, así que se dio la vuelta y se sentó en la cama mirándose los pies e intentando hablar con voz calmada.
    —Tú y yo no tenemos nada de que hablar. Ya me lo has dicho todo.
    Aunque intentaba que su voz sonase firme, Palomares podía detectar el titubeo en su voz, prueba de que aquella situación la estaba haciendo sufrir, y volvió a odiarse por ello. La voz de Vilma era demasiado hermosa para mostrar un sentimiento así. Armándose de valor se acercó a ella y le cogió la mano entre las suyas, notando un leve temblor que la chica intentaba disimular sin éxito.
    —No podemos seguir así, Vilma. Éramos amigos.
    Con la última palabra ella se soltó del agarre de él con furia, casi con dolor.
    —Pues quizá no quiera volver a ser tu amiga. No me necesitas, ¿no? Ya tienes tu fe, con eso te es suficiente. —Vilma se dio la vuelta agarrándose los codos, dándole la espalda a Palomares. Y él no lo aguantó más. Se lo había callado todos esos días, por ella, pero ya no podía más, necesitaba preguntárselo. Su voz salió con un volumen mayor del que pretendía, con todo el dolor acumulado que guardaba en su corazón.
    —¿Por qué te ha molestado tanto que volviese a ser cura? Tú misma me pediste unos días antes que volviese a serlo. ¿Por qué te muestras tan dolida? ¡No puedes pedirme que vuelva a ser cura y luego comportarte así cuando lo hago! ¿Qué diferencia había entre el día que me lo pediste y el que decidí hacerlo? ¡Ninguna!
    —La diferencia... —Vilma se giró y él pudo ver las lágrimas que habían empezado a bañar sus mejillas. —¡La diferencia es que la primera vez todavía no te había elegido!
    Aquellas palabras cayeron sobre Palomares como un jarro de agua fría. Sabía que ella estaba enamorada de él, lo sabía, pero también se había convencido a sí mismo de que Vilma seguiría con Piti si él no hubiese roto con ella. El descubrimiento de que ella había estado dispuesta a apostar por su relación con él había sido cuanto menos inesperado. La garganta de Andrés apenas era capaz de pronunciar las palabras que su cerebro quería hacer salir.
    —¿Tú... me habías elegido a mí?
    Vilma trató de sorberse las lágrimas antes de contestar, aunque era inútil ya que una vez que habían empezado a derramarse era imposible frenarlas, así que se colocó un mechón tras la oreja y por primera vez desde que él había entrado en el camarote se atrevió a mirarlo a los ojos. El torrente de palabras, de todo lo que se había callado esas dos semanas empezó a fluir sin poder detenerse.
    —¡Claro que te había elegido a ti! Te quiero, Andrés. Te quise, y por mucho que lo he intentado no he podido dejar de quererte. Pensé que podría afrontarlo, que podría olvidarte y seguir con Piti para no hacerle daño, pero no podía. No después de lo que pasó en el aula... Por eso no podía ni hablar con Piti, Andrés, porque sabía que en cuanto hablásemos todo lo mío con él se acabaría y no podía evitar pensar que toda la culpa era mía, la culpable de todo su sufrimiento iba a ser yo. Pero tú tampoco te merecías aquello, Andrés, no podía seguir viviendo esa mentira. Aposté por lo nuestro. Me tragué todo mi miedo, toda mi indecisión y decidí apostar por lo nuestro... y tú me abandonaste.
    Llegado a ese punto la voz de Vilma se quebró y Palomares se acercó a ella cogiéndole la mano, abriendo la boca para hablar, pero ella colocó un dedo sobre sus labios para que siguiese callado.
    —No, espera, déjame terminar. ­—Inspiró fuertemente para calmarse un poco antes de seguir hablando. —Aceptar lo que sentía por ti y arriesgarme a luchar por ello ha sido la decisión más difícil que he tomado en la vida. Y cuando por fin estaba decidida a decírtelo me saliste con esto. —La mano libre de Vilma se movió hasta la cruz que descansaba en el pecho de Palomares, agarrándola con fuerza. —Dijiste que en el fondo nosotros seguimos siendo lo que somos, ¿no? Que tú eras cura. ¿Y qué soy yo, Andrés? Aquella chica que se lía con un tío y no vuelve a verlo en la vida. Aquella chica que se queda embarazada a los 20 de un capullo. Y ahora, aquella chica que se enamora de un cura y es tan tonta como para creerse que él también se ha enamorado de ella.
    Los sollozos fueron demasiado y Vilma no pudo seguir hablando. Andrés la abrazó con fuerza contra su pecho, sin soltar su mano, dejando que mojase su camiseta con aquellas lágrimas que él mismo había causado.
    —Lo siento... Lo siento tanto, cariño, de verdad. Tú no te mereces todo esto. —Los sollozos de Vilma se volvieron más fuertes. —Escúchame bien. Eres la mujer más maravillosa que he conocido jamás, ¿vale? No lo dudes ni un momento. Mírame, Vilma, mírame. —La separó de su pecho y la obligó a levantar la cabeza colocando un dedo bajo su barbilla. —Te quiero, Vilma. Te quiero más que a nada en este mundo, más que a nada que haya conocido jamás.
    Una pequeña sonrisa asomó al rostro de Vilma, una sonrisa que él no había visto desde hacía mucho tiempo, y lo que había estado a punto de ocurrir momentos antes en el aula esta vez sí sucedió. Los labios de Vilma y Andrés se unieron suavemente, en un beso muy diferente al último que habían compartido. Esta vez la ternura superó a la pasión y los labios de los dos se movieron despacio, acompasados, disfrutando de la sensación. Un beso húmedo, salado debido a las lágrimas de ella. Poco a poco fueron separándose y ella volvió a apoyar la cabeza en su pecho, sin atreverse a mirarlo. Tal vez aquel beso no significase que algo iba a cambiar.
    Pero la situación aparecía ahora clara en la mente de Palomares. ¿Cómo había sido tan tonto de no arriesgarse por ella? La más mínima posibilidad de conseguir tener una relación con Vilma debería haberle bastado para lanzarse al vacío con los ojos cerrados. Ahora lo veía, ahora se daba cuenta de lo tonto que había sido. Había sido un cobarde, y nunca se perdonaría haberle hecho sufrir así.
    —Lo siento. Pensé... me convencí de que esto no era posible, que la manera más fácil de salir del lío en el que nos habíamos metido los tres era quitarme de en medio, tragarme lo que sentía y refugiarme en lo único que conozco, en lo único que había tenido en la vida, mi fe. Lo siento tanto... Voy a apostar por nosotros, Vilma. Voy a hacerlo.
    Ella levantó la cabeza de su pecho con una sonrisa, casi sin poder creer lo que estaba escuchando. Había entrado media hora antes en esa habitación con un sentimiento que devastaba su corazón, y ahora lo que más deseaba en el mundo se hacía realidad. Se puso de puntillas para volver a besarlo pero él la frenó suavemente.
    —No, espera.
    Se llevó las manos al cuello y se desabrochó la cadena en la que llevaba colgada la cruz, y tras mirarla durante un par de segundos se la llevó al bolsillo del pantalón. Sin embargo, en el último momento, antes de metérsela en el bolsillo, cambió de idea y la colocó alrededor del cuello de ella.
    —Ahí está mucho mejor. Y ahora... ¿Todavía estoy a tiempo de pedirte aquella cita de la que me hablaste?
    Ella no pudo reprimir la risa, agarrando la cruz que ahora colgaba de su cuello con fuerza, y se volvió acercar a él susurrando unas palabras antes de besarlo de nuevo.
    —Me puedes pedir todas las citas que quieras.
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