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  1. Saltar al vacío

    martes, 21 de febrero de 2012


    Para Lau, por mantener a flote el sentimiento vilmares. Gracias por estar ahí siempre.

    Andrés Palomares no era de los que se conformaban con algo seguro en vez de arriesgarse a conseguir algo más, de los que se quedaban esperando a ver qué pasaba. Había tomado muchas decisiones difíciles en su vida, de esas de las que te puedes arrepentir y mucho, de esas de las que tu madre te pedía que lo pensaras muy bien cientos de veces. Y no creía haberse equivocado.
    Cuando apenas contaba con diecisiete años dictaminó que en cuanto cumpliese la mayoría de edad ingresaría en el seminario y empezaría su camino hacia el sacerdocio. Siempre había tenido una fe enorme, de esas que mueven montañas, y no creía que dedicando su vida por entero a la religión se estuviese perdiendo nada importante. Nunca había sido bueno en el amor, así que, ¿por qué no? Lo fundamental de vivir es hacerlo por algo que amas, y él amaba su fe con todo su corazón. Parecía el camino perfecto para Andrés Palomares. También le había parecido el camino perfecto embarcarse en el Estrella Polar tres meses atrás y, paradójicamente, esa decisión le había salvado la vida. Subirse a ese barco había hecho que perdiese a su familia pero también le había proporcionado una nueva, compañeros, amigos, prácticamente hermanos. Estaría dispuesto a dar la vida por muchos de ellos. Por eso nunca se había arrepentido de esas decisiones tan duras que había tomado a lo largo de su vida, porque le habían llevado exactamente al punto donde estaba ahora, y había merecido la pena a pesar de todo. Andrés Palomares había sido siempre un hombre valiente... hasta ahora.
    Estaba enamorado. Por primera y única vez en su vida, y se atrevería a añadir que por última, estaba enamorado. No había forma de negar aquello que sentía, negar lo que sentía por Vilma sería la mentira más grande que podía salir de su boca. Y sin embargo lo había hecho. Se lo había dicho a Ramiro, había afirmado sin poder reprimir un par de lágrimas que Vilma no lo llenaba. ¿Un intento de autoconvencerse? No. Un intento de convencer a los demás. Esta vez Andrés Palomares había sido el más cobarde de los mortales, porque había renunciado a algo que amaba sin ni siquiera probarlo, creyendo estar seguro de que no funcionaría. Si ni siquiera lo habían intentado... y habían puesto todo patas arriba. La relación de Piti y Vilma, la rabia de Estela, incluso su propia fe. Había decidido renunciar a ella y refugiarse en lo fácil, en la seguridad que le había proporcionado siempre su alzacuellos. Pero Vilma no se lo había perdonado.
    Apenas le dirigía la palabra, a no ser que fuese para dedicarle un par de dardos envenenados. La rubia parecía culpar de toda la situación a Andrés: del sufrimiento de Piti, del suyo propio, de que ahora su hijo no tenía a nadie a quien llamar papá. Como si para Palomares todo hubiese sido un simple juego, como si él no supiese lo que era tener el corazón en carne viva por alguien a quien no te permites tocar a pesar de que sabes que lo amas con locura, a pesar de que sabes que ese sentimiento es correspondido. Pero no podían estar juntos, no era una opción. Además, pese a sus sentimientos, ella ni siquiera había mostrado que lo quisiera intentar. Había sido Piti el que la había dejado a ella, no ella a él. Vilma había sido incapaz de apostar por los sentimientos que tenía por Andrés. Así pues, quizá todo fuese mejor así, ¿no? Si Vilma lo odiaba él no tenía ninguna razón para plantearse abandonar esa comodidad en la que se había empeñado vivir, no tenía la necesidad de arriesgarse a perder todo lo que su fe le proporcionaba. Ahora que Piti no era un obstáculo entre ellos, que Vilma lo odiase era la forma más fácil de sobrevivir en aquel barco.
    Un carraspeo le hizo recordar que, de hecho, estaban en plena clase de supervivencia y que a Gamboa no parecía gustarle su actitud en el aula.
    —¿Le tengo que repetir la pregunta por tercera vez, Palomares? Parece que lo que sea que está pasando por su cabeza le parece más importante que aprender qué hacer en una situación de emergencia.
    —Estará pensando en el próximo sermón que nos va a dar, como ahora está tan comprometido con su fe... Vete a saber tú si la semana que viene vuelve a quitarse el alzacuellos. —La voz de Vilma atravesó la sala desde el otro lado del aula. Ni siquiera tenía la mirada posada en él, pero su cara mostraba la expresión de fastidio que se había vuelto permanente en los últimos días.
    —Bueno, creo que algunas en este barco necesitan esos sermones urgentemente. —Las palabras salieron de la boca de Andrés sin apenas pensarlas. Ni siquiera las sentía. Pero se había obcecado en conseguir que Vilma lo odiase más y más, era casi un placer masoquista que se había alojado en su corazón. Una forma egoísta de sentirse más seguro de la decisión que había tomado.
    —¿Ah sí? —Esta vez ella sí se giró para mirarlo. —¿Y quién me los va a dar? ¿Tú, precisamente tú? ¿Cómo te atreves...?
    —¡Basta! —La voz de Gamboa hizo que los dos se giraran a mirarlo. Palomares había vuelto a olvidar que estaban en medio de una clase... era el efecto que solía tener Vilma en él. —Ahora mismo, los dos aquí abajo. A ver si demostrándole a la clase cómo se pone un arnés podéis manteneros callados.
    —Pero...—La voz de Vilma volvió a intentar abrirse paso.
    —Ni peros ni nada. Los dos aquí abajo, ahora mismo. Palomares nos va a enseñar cómo colocar un arnés a una compañera.
    Los dos bajaron hasta donde estaba Gamboa sin ni siquiera dirigirse la mirada, cada uno por un lado opuesto de la clase y sin abrir la boca ni un momento. Fue otro compañero el que se atrevió a cuestionar la decisión de Gamboa.
    —Vilma está embarazada, ¿no puede ser peligroso?
    —Si resulta que este barco tiene algún problema ella va a tener que ponerse el arnés con bombo o sin él, Gironés. —El colombiano ni intentó suavizar sus palabras con una media sonrisa, como solía hacer. Se giró hacia donde estaban Vilma y Andrés y le tendió el arnés que tenía en la mano a este último. —Será más fácil si ella se sienta en la mesa.
    Vilma se dirigió hacia el escritorio sin levantar la vista del suelo y con esa cara de fastidio que no había dejado de acompañarla en ningún momento. Palomares se acercó a ella; su caballerosidad fue más fuerte que aquel deseo de hacerse odiar e intentó ayudarla a sentarse en la mesa, pero la cabezonería de la rubia no lo permitió.
    —Ya sé que tú puedes subirme a esta mesa, pero puedo sola, gracias.
    Un escalofrío recorrió la espalda del sacerdote con esas palabras. Sabía que Vilma estaba furiosa, pero no pensaba que pudiese decir algo así, que pudiese referirse al momento que habían compartido en ese mismo aula un par de semanas atrás. Quizá le había hecho más daño del que pensaba. Sacudiendo la cabeza en un intento de serenarse, se fijó en que ella ya estaba sobre la mesa esperando que aquello acabase lo más pronto posible, así que se apresuró a acercarse a la mesa. Despacio, cogió la pierna izquierda de Vilma y la levantó para pasar una de las correas del arnés por ella, intentando minimizar al máximo el roce de su mano con la suave piel de ella. Repitió la operación con la pierna derecha, y cuando lo hubo hecho, comenzó a subir el arnés lentamente. Vilma tenía que incorporarse levemente para que él pudiese subir el arnés por encima de sus caderas, así que apoyó una mano en el hombro de Palomares para hacerlo. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, retiró la mano con rapidez y la colocó sobre la mesa, sin mirarle a la cara.
    —Muy bien, ahora abrócheselo.
    Las manos de Palomares viajaron hasta la cintura del arnés y rozaron por un momento el estómago de ella. Ninguno de los dos pudo evitar que sus ojos se cruzaran durante unos segundos. Precisamente ese había sido el último roce del que habían disfrutado, cuando la mano de Palomares se había posado sobre su barriga para notar el movimiento del bebé en cubierta. Para ella había sido un acto reflejo, como si su corazón hubiese sentido que lo lógico era que Andrés compartiese con ella el momento en que su bebé se movía por primera vez. Para él, simplemente, había sido la sensación más maravillosa de su vida. Y ahora allí estaban, en la misma posición en la que habían compartido el beso más apasionado que cualquiera pudiese imaginar, a unos pocos centímetros el uno del otro, colgados de una mirada compartida. A punto de dejarse llevar. Daban igual los intentos de odiarlo por parte de ella, los de hacer todo lo posible por no arrepentirse ni un sólo momento de su decisión por parte de él. Iban a besarse, en ese preciso segundo y en el mismo lugar donde lo habían hecho la última vez. Palomares se inclinó un poco más sobre ella, y entonces la cruz que llevaba bajo su camiseta de tirantes se salió y quedó balanceándose suavemente entre los dos.
    La reacción de Vilma fue instantánea. La visión de la cruz, de lo que significaba que esa cruz estuviese colgada del cuello de Andrés y que casi había olvidado por un segundo hizo que se apartara rápidamente de él, llegando a empujarlo hacia atrás apoyando la mano en el pecho de él. La cara de fastidio remplazó a la mirada que habían compartido antes.
    —Puedo abrochármelo yo solita.
    Afortunadamente, la voz de Gamboa anunció el final de la clase en ese momento. Vilma se quitó el arnés rápidamente y lo dejó en la mesa, recogió las cosas de su pupitre y salió por la puerta sin mirar atrás. Andrés se tomó su tiempo en subir a por su libreta y coger su par de bolígrafos, intentando serenarse y asegurándose de que Vilma tendría tiempo para llegar hasta su camarote y que no se la cruzaría accidentalmente por los pasillos. Todos los demás alumnos fueron saliendo del aula, excepto alguien que se quedó esperando a Palomares.
    —¿No crees que ya es hora de que Vilma y tú dejéis esta tontería de fingir que os odiáis?
    Palomares se giró para encontrarse con la mirada del que se había convertido en su mejor amigo, del que le había dado los mejores consejos desde que se había subido a ese barco a pesar de que muchas veces no los había seguido. Quizá Ramiro merecía una explicación que incluyese la verdad, quizá delante de él podría admitir por qué estaba haciendo lo que estaba haciendo. Pero no se atrevía.
    —Vilma no finge odiarme. Me odia. Es mejor así. —Empezó a bajar los escalones en dirección a la puerta pero Ramiro lo retuvo por el brazo.
    —Mira Andrés, puede que el resto del barco se haya creído que lo que sentías por ella no era tan fuerte como parecía, pero a mí no me engañas. Y a ti mismo tampoco. —Palomares bajó la mirada tragando saliva, sin atreverse a decir una palabra todavía. —Os estáis haciendo daño el uno al otro. No sé qué habrá pasado, por qué este triángulo habrá desembocado en tres personas solteras... Pero no podéis seguir así. Eráis amigos, Palomares, amigos. No podéis perder eso, no podéis seguir causándoos más sufrimiento.
    Es gracioso cómo el ser humano necesita que venga alguien más a esclarecerle lo que tiene que hacer para darse cuenta de ello. Palomares sabía que él mismo sufría con esa situación, que le dolía recibir todas esas palabras de Vilma, pero no se había parado a pensar que ella también estaba sufriendo con las de él. Creía, se había llegado a autoconvencer de que la manera más rápida y efectiva de acabar con el sufrimiento que le había causado volviendo a ser cura era haciendo que lo odiase. Pero, ¿cómo no te va a doler odiar a una persona a la que amabas? ¿Recibir palabras dirigidas a fomentar ese odio? Y Vilma lo amaba, de eso estaba seguro. No sabía si se podía querer a dos personas a la vez, si Vilma había estado realmente enamorada de Piti. Pero la forma en que lo había besado a él en ese mismo aula, la manera en que sus manos temblaban con su roce cuando le confesó en voz alta que estaba enamorada de él no le dejaban ninguna duda de que Vilma estaba enamorada de Andrés Palomares tanto como él lo estaba de ella. Él lo sabía porque esos sentimientos eran un reflejo de los suyos. Así que, al igual que a él se le clavaba cada una de esas palabras de odio en el corazón como dagas ardiendo, a ella debía sucederle lo mismo.
    Palomares se vio obligado a apoyarse en el pupitre más cercano cuando se percató de ello. ¿Qué había hecho? Había condenado a la persona que más había querido en la vida. ¿Esa era su forma de predicar su fe, de ser un buen cristiano? Lo había echado todo a perder. Todavía estaba dispuesto a renunciar a ella, iba a hacerlo, pero no estaba dispuesto a que se perdieran como amigos. Tenían que  hablar y solucionar las cosas. Por fin miró a Ramiro, que lo observaba expectante.
    —Voy a hablar con ella.
    El moreno sonrió, contento de haber ayudado a su amigo, y Palomares lo abrazó fuertemente. No se le daba muy bien expresar sus sentimientos con palabras, pero esperaba que aquel abrazo pudiese demostrar lo agradecido que estaba por todo. Finalmente, se separó de él sonriendo y cruzó la puerta decidido a hablar con la chica.

    Vilma estaba sola en el camarote de las chicas, tumbada boca arriba sobre su cama. Desde que lo había dejado con Piti había recuperado su antiguo lugar en ese camarote que había extrañado tanto. Tenía las manos colocadas sobre su barriga, los ojos abiertos enfocados en el techo y algunas lágrimas corriendo por sus mejillas cuando llamaron a la puerta suavemente. Supuso que sería alguna de las chicas así que se secó las lágrimas y se incorporó murmurando un 'adelante'. Palomares asomó la cabeza por la puerta y, al verlo, el semblante de ella cambió radicalmente.
    —La capilla está en el piso de abajo.
    Volvió a tumbarse en la cama pero esta vez de lado, mirando hacia el lado contrario a la puerta para perderlo de vista cuanto antes. Andrés cerró la puerta tras su espalda y dio unos pasos hacia adelante, aunque no se atrevió a acercarse más a la cama de ella.
    —Quiero hablar contigo.
    Vilma pensó en ignorarle pero estaba demasiado enfadada para hacerlo, así que se dio la vuelta y se sentó en la cama mirándose los pies e intentando hablar con voz calmada.
    —Tú y yo no tenemos nada de que hablar. Ya me lo has dicho todo.
    Aunque intentaba que su voz sonase firme, Palomares podía detectar el titubeo en su voz, prueba de que aquella situación la estaba haciendo sufrir, y volvió a odiarse por ello. La voz de Vilma era demasiado hermosa para mostrar un sentimiento así. Armándose de valor se acercó a ella y le cogió la mano entre las suyas, notando un leve temblor que la chica intentaba disimular sin éxito.
    —No podemos seguir así, Vilma. Éramos amigos.
    Con la última palabra ella se soltó del agarre de él con furia, casi con dolor.
    —Pues quizá no quiera volver a ser tu amiga. No me necesitas, ¿no? Ya tienes tu fe, con eso te es suficiente. —Vilma se dio la vuelta agarrándose los codos, dándole la espalda a Palomares. Y él no lo aguantó más. Se lo había callado todos esos días, por ella, pero ya no podía más, necesitaba preguntárselo. Su voz salió con un volumen mayor del que pretendía, con todo el dolor acumulado que guardaba en su corazón.
    —¿Por qué te ha molestado tanto que volviese a ser cura? Tú misma me pediste unos días antes que volviese a serlo. ¿Por qué te muestras tan dolida? ¡No puedes pedirme que vuelva a ser cura y luego comportarte así cuando lo hago! ¿Qué diferencia había entre el día que me lo pediste y el que decidí hacerlo? ¡Ninguna!
    —La diferencia... —Vilma se giró y él pudo ver las lágrimas que habían empezado a bañar sus mejillas. —¡La diferencia es que la primera vez todavía no te había elegido!
    Aquellas palabras cayeron sobre Palomares como un jarro de agua fría. Sabía que ella estaba enamorada de él, lo sabía, pero también se había convencido a sí mismo de que Vilma seguiría con Piti si él no hubiese roto con ella. El descubrimiento de que ella había estado dispuesta a apostar por su relación con él había sido cuanto menos inesperado. La garganta de Andrés apenas era capaz de pronunciar las palabras que su cerebro quería hacer salir.
    —¿Tú... me habías elegido a mí?
    Vilma trató de sorberse las lágrimas antes de contestar, aunque era inútil ya que una vez que habían empezado a derramarse era imposible frenarlas, así que se colocó un mechón tras la oreja y por primera vez desde que él había entrado en el camarote se atrevió a mirarlo a los ojos. El torrente de palabras, de todo lo que se había callado esas dos semanas empezó a fluir sin poder detenerse.
    —¡Claro que te había elegido a ti! Te quiero, Andrés. Te quise, y por mucho que lo he intentado no he podido dejar de quererte. Pensé que podría afrontarlo, que podría olvidarte y seguir con Piti para no hacerle daño, pero no podía. No después de lo que pasó en el aula... Por eso no podía ni hablar con Piti, Andrés, porque sabía que en cuanto hablásemos todo lo mío con él se acabaría y no podía evitar pensar que toda la culpa era mía, la culpable de todo su sufrimiento iba a ser yo. Pero tú tampoco te merecías aquello, Andrés, no podía seguir viviendo esa mentira. Aposté por lo nuestro. Me tragué todo mi miedo, toda mi indecisión y decidí apostar por lo nuestro... y tú me abandonaste.
    Llegado a ese punto la voz de Vilma se quebró y Palomares se acercó a ella cogiéndole la mano, abriendo la boca para hablar, pero ella colocó un dedo sobre sus labios para que siguiese callado.
    —No, espera, déjame terminar. ­—Inspiró fuertemente para calmarse un poco antes de seguir hablando. —Aceptar lo que sentía por ti y arriesgarme a luchar por ello ha sido la decisión más difícil que he tomado en la vida. Y cuando por fin estaba decidida a decírtelo me saliste con esto. —La mano libre de Vilma se movió hasta la cruz que descansaba en el pecho de Palomares, agarrándola con fuerza. —Dijiste que en el fondo nosotros seguimos siendo lo que somos, ¿no? Que tú eras cura. ¿Y qué soy yo, Andrés? Aquella chica que se lía con un tío y no vuelve a verlo en la vida. Aquella chica que se queda embarazada a los 20 de un capullo. Y ahora, aquella chica que se enamora de un cura y es tan tonta como para creerse que él también se ha enamorado de ella.
    Los sollozos fueron demasiado y Vilma no pudo seguir hablando. Andrés la abrazó con fuerza contra su pecho, sin soltar su mano, dejando que mojase su camiseta con aquellas lágrimas que él mismo había causado.
    —Lo siento... Lo siento tanto, cariño, de verdad. Tú no te mereces todo esto. —Los sollozos de Vilma se volvieron más fuertes. —Escúchame bien. Eres la mujer más maravillosa que he conocido jamás, ¿vale? No lo dudes ni un momento. Mírame, Vilma, mírame. —La separó de su pecho y la obligó a levantar la cabeza colocando un dedo bajo su barbilla. —Te quiero, Vilma. Te quiero más que a nada en este mundo, más que a nada que haya conocido jamás.
    Una pequeña sonrisa asomó al rostro de Vilma, una sonrisa que él no había visto desde hacía mucho tiempo, y lo que había estado a punto de ocurrir momentos antes en el aula esta vez sí sucedió. Los labios de Vilma y Andrés se unieron suavemente, en un beso muy diferente al último que habían compartido. Esta vez la ternura superó a la pasión y los labios de los dos se movieron despacio, acompasados, disfrutando de la sensación. Un beso húmedo, salado debido a las lágrimas de ella. Poco a poco fueron separándose y ella volvió a apoyar la cabeza en su pecho, sin atreverse a mirarlo. Tal vez aquel beso no significase que algo iba a cambiar.
    Pero la situación aparecía ahora clara en la mente de Palomares. ¿Cómo había sido tan tonto de no arriesgarse por ella? La más mínima posibilidad de conseguir tener una relación con Vilma debería haberle bastado para lanzarse al vacío con los ojos cerrados. Ahora lo veía, ahora se daba cuenta de lo tonto que había sido. Había sido un cobarde, y nunca se perdonaría haberle hecho sufrir así.
    —Lo siento. Pensé... me convencí de que esto no era posible, que la manera más fácil de salir del lío en el que nos habíamos metido los tres era quitarme de en medio, tragarme lo que sentía y refugiarme en lo único que conozco, en lo único que había tenido en la vida, mi fe. Lo siento tanto... Voy a apostar por nosotros, Vilma. Voy a hacerlo.
    Ella levantó la cabeza de su pecho con una sonrisa, casi sin poder creer lo que estaba escuchando. Había entrado media hora antes en esa habitación con un sentimiento que devastaba su corazón, y ahora lo que más deseaba en el mundo se hacía realidad. Se puso de puntillas para volver a besarlo pero él la frenó suavemente.
    —No, espera.
    Se llevó las manos al cuello y se desabrochó la cadena en la que llevaba colgada la cruz, y tras mirarla durante un par de segundos se la llevó al bolsillo del pantalón. Sin embargo, en el último momento, antes de metérsela en el bolsillo, cambió de idea y la colocó alrededor del cuello de ella.
    —Ahí está mucho mejor. Y ahora... ¿Todavía estoy a tiempo de pedirte aquella cita de la que me hablaste?
    Ella no pudo reprimir la risa, agarrando la cruz que ahora colgaba de su cuello con fuerza, y se volvió acercar a él susurrando unas palabras antes de besarlo de nuevo.
    —Me puedes pedir todas las citas que quieras.

  2. Noche de Grinchs

    miércoles, 4 de enero de 2012

    No es mucho, pero bueno…nosotras somos las que defendemos los pequeños detalles, los pequeños momentos, las pequeñas cosas.

    Dentro de algo que empezó siendo tan pequeño que era casi diminuto yo encontré a dos grandes personas como vosotras, y esta es mi manera de decíroslo estas Navidades.

    Es cierto que poco a poco lo pequeño se hace grande, pero vosotras ya sois inmensas.

    NOCHE DE GRINCHS

    El Estrella Polar estaba sumido en el más profundo de los silencios, era noche cerrada y solo se escuchaba el sonido de las olas al chocar contra el casco, sonido al que incluso uno de sus más pequeños habitantes estaba más que acostumbrando, tanto, que ya no es que no interrumpiese su sueño, sino que era la mejor de las nanas para dormirlo.

    Arrullado por los sonidos del mar y ovillado en medio de la cama, arropado hasta la nariz como su madre lo había dejado, David dormía tras haber caído rendido; aquella noche le había costado conciliar el sueño, había costado un largo baño caliente, dos cuentos de su padre y uno de su madre, pero al fin había conseguido cerrar los ojos y dormir, y así hubiese seguido durante unas cuantas horas sino fuese por el ruido que escuchó en el pasillo.

    Tras el golpe que resonó el niño se levantó de un salto en la cama, miro al otro lado de la habitación donde dormían sus padres y pudo ver como su madre giraba removiéndose tras el golpe, si sus padres no se levantaban no había nada que temer, así que cogiéndose con más fuerza a se conejito de peluche, solo por si acaso, tiró de las mantas y las subió hasta su cabeza dispuesto a dormir de nuevo, al fin y al cabo el día siguiente sería un día muy importante. Pensando eso el pequeño cerró los ojos dispuesto a conciliar el sueño de nuevo, pero el nuevo golpe que escuchó hizo que se sentase de nuevo con rapidez.

    Tranquilo David, tranquilo, es solo un ruido no hay que asustarse de los ruidos – en ese momento un nuevo golpe seguido de un susurro se escuchó en el pasillo – y una porra solo un ruido. Hay alguien fuera.

    Con mucho cuidado el niño se liberó poco a poco de las mantas, se movió hasta quedar panza abajo y tras agarrar a su conejito por una de las orejas empezó a escurrirse lentamente hasta que sus pies, bien resguardados del frío en unos calcetines de lana, tocaron el suelo del camarote.

    Se giró, y tras comprobar que no había movimiento alguno en la cama de sus padres, comenzó a andar de puntillas hacia la puerta; cuando llegó a su destino pegó la cabeza contra la madera, y lo mismo hizo con la del conejo, para intentar escuchar algo de lo que pasaba en el pasillo.

    - Mierda de Navidades, mierda de regalos, mierda de infancia – protestó una voz.

    Esas palabras no se dicen, si dices esas cosas acabas sin pelo como el Tito Julián.

    - Shhh, vas a despertarlos y como los despiertes vamos a estropearlo todo.

    A mi ya me despertasteis, ¿qué se va a estropear?- el niño miró al conejo intrigado y negó con la cabeza, ninguno sabía aún de que hablaban aquellos señores.

    - Pues que se despierten, venimos a lo que venimos de todas maneras.

    ¿A que vienen? ¿No vendrán aquí?

    - Venimos a lo que venimos, pero hay que hacerlo con cuidado.

    Sí, sí, pero ¿a qué venís?

    - Lo que tiene que hacer uno por los regalos de Navidad.

    ¡Oh no! ¡El Grinch! Estos señores son Grinchs, tengo que hacer algo o van a llevarse todos los regalos de Navidad. No van a llevarse mis regalos de Navidad, yo he sido bueno, me he ganado esos regalos, además hice un collar para mamá con papá, y otro para Espe, y mamá me ayudo a hacer un dibujo mío con papá para enmarcarlo y regalárselo, no vais a robarme los regalos.

    ¡Los regalos de los Reyes! He tenido que comerme toda la papilla de algas para conseguir esos regalos, ¡no vais a llevaros mis regalos!

    Viendo peligrar sus regalos de Navidad, David decidió que aquello era demasiado serio como para manejarlo solo, además el tenía tres años y escuchaba tres voces distintas, Orejudo y él eran dos, pero aún así…necesitaba ayuda, alguien que pudiese enfrentarse a aquellos señores malos, alguien que no tuviese miedo; sin duda alguna, su padre.

    Corriendo, tanto como le permitían sus pequeñas piernas, se acercó a la cama de sus padres y tras coger carrerilla saltó para subirse; lo hizo a los pies de la cama, donde sabía que no tocaría a su madre y así ella seguiría durmiendo tranquila. Lo hacía mucho, cuando tenía frío, o miedo, o no quería despertarlos se subía por allí y escalaba entre los cuerpos de sus padres hasta llegar al medio, aunque siempre acababa despertándolos porque tenía que hacer fuerza para conseguir colarse en medio de su abrazo y que le hiciesen sitio. Había depurado la técnica desde que su madre tenía a su hermana en la tripa, sabía que su madre ahora comía por dos, descansaba por dos y como decía su tío Piti, pesaba por dos; por eso había perfeccionado el arte de subirse a la cama sin despertarla, saltaba a los pies y subía hasta el pecho de su padre que con una sonrisa se movía para hacerle un hueco, a él y a Orejudo.

    Esa era su idea, rodear los pies de su madre y despertar a su padre para que lo ayudase, pero en cuanto subió a la cama se le fue el alma a los pies, su padre no estaba allí.

    ¿Papá? – se giró a mirar si había luz en el baño, pero al ver la puerta abierta y el baño en completa oscuridad se asustó - ¡¿Papá!? ¿Pero dónde estás? Calma David, calma, lo primero es calmarse para saber que hacer, solo tenemos que calmarnos. ¡NO ME MIRES ASÍ OREJUDO! ¡Cálmate! Vale…a ver…solo tenemos que… espera, espera, espera. Cuando el tito Piti nos contó la historia del Grinch dijo que era un señor muy feo, verde, que venía a robar los regalos de Navidad de los niños; entonces mami llegó, le gritó, y nos cogió para llevarme a cenar pero ¿qué acababa de decir el tito? … … … ¡QUE SI NO HABÍAN LLEGADO LOS REGALOS SE LLEVABA A LOS NIÑOS! ¡Y LUEGO DIJO QUE TAMBIÉN SE LLEVABA A LAS MAMÁS RUBIAS E “INTERPINENTES”! No sé que significa “interpinente” pero mami es rubia, ¡¡PAPÁ!!

    ¿Y si se lo han llevado ya? ¿Se habrán llevado a papá para cogernos a mamá y a mí? Aiiii Dios, seguro, porque papá no dejaría que nos cogiesen. Tengo que hacer algo, tengo que hacer algo.

    Se bajó de la cama a todo correr, intentando no mover a su madre con las prisas y dar con alguna idea genial que los sacase de ese lío.

    Piensa Orejudo, piensa… ¿qué podemos hacer? A mamá no la puedo despertar, papá y yo tenemos que cuidarla y protegerla, aunque ella protesté, y ahora que Bebé está a punto de llegar más…Bebé, aún tengo que pensar un nombre para Bebé, mamá y papá están esperando a que dé con uno que me guste, Espe y Vale pueden ayudarme… ¡AHORA NO TENGO TIEMPO DE ESTO! Vamos a ver…a papá se lo han llevado ya, el tito Piti duerme abajo y antes de llegar a las escaleras me pillan seguro… ¿qué hago? ¡OH NO! La tita Salo también es una mamá rubia, van a llevarse a Espe y a la tita Salo. ¿La tita Julia es rubia? ¡Da igual! Se van a llevar a Vale y a Ricky también.

    - Papá – dijo el niño en voz alta ahogando un lloro, estaba solo, estaba asustado y no estaba su padre; quería igual a su padre y a su madre, con los dos se sentía igual de seguro, protegido y querido, pero de la misma manera en que era su madre la que mejor sabía donde hacerle las cosquillas, era su padre quien mejor lo tranquilizaba cuando tenía miedo. Él quería ser como su padre y su madre, valiente, decidido, y consecuente, que no sabía lo que era pero la tita Noa se lo llamaba mucho a los dos, así que se sorbió los mocos y decidió enfrentarse a los señores del pasillo.

    Se acercó a la cama donde su madre dormía de nuevo, y dejó a Orejudo a su lado.

    - Cuídalas – le dijo al conejo con su media lengua y mirándolo con seriedad – te tiero mamá, y ti tamién Bebé – se puso de puntillas todo lo que pudo para conseguir alcanzar la mejilla de su madre y le dio un beso antes de dirigirse al baño para coger su taburete.

    Una vez que volvió y dejó el taburete ya preparado junto a la puerta fue hasta el baúl donde guardaba sus juguetes, necesitaba algo para plantarles cara a aquellos Grinchs malos, mientras rebuscaba los ruidos se seguían repitiendo en el pasillo y cada vez los oía más cerca; ignorando sus temblores y sus ganas de hacer pis, que cada vez eran más grandes, David rebuscó hasta encontrar su espada de madera, había sido un regalo de cumpleaños que le encantaba y además ahora iba a serle útil, buscó también su capa de Superman y se la ató solo lo mejor que pudo; una vez que estuvo preparado suspiró y tras despedirse de Orejudo con la mano para que su madre no lo escuchase, se subió al taburete.

    Pegó de nuevo la cabeza a la puerta y escuchó como los pasos resonaban cada vez más cerca, sin pensarlo mucho más abrió la puerta con toda su fuerza y saltó al pasillo empuñando la espada lo mejor que podía.

    - ¡No vaz a tocar a mi mamá! – chilló al tiempo que cargaba contra las piernas de la primera figura que distinguió en la oscuridad.

    - ¡Aiii! – protestó la persona que recibió el golpe - ¡Que soy un Rey Mago! Para.

    - ¡Mentidoso! Erez el Grinch – protestó el niño golpeando las piernas con la espalda mientras su presa daba saltos intentando apartarse.

    - ¡Que soy un Rey Mago! No sé cual, pero soy uno.

    - ¡No! – insistió el niño sin cesar sus golpes.

    - En buena hora te hice la espadita – murmuró Piti en voz baja - ¡Palomares! Enciende la luz, que tu hijo va a dejarme como al cojo.

    - ¿Papá? – preguntó David esperanzado mientras intentaba apartarse de las manos de su tío, no había reconocido la voz en medio de su ataque y lo único que entendía era que el Grinch estaba intentando cogerlo para llevárselo; cuando el pasillo se iluminó pudo ver a su padre al fondo del pasillo, y sin prestar atención a la ropa que llevaba, a la barba postiza que sostenía en una mano o al saco que estaba su lado echó a correr hacia él llorando - ¡Papá!

    - Ei campeón, ¿qué pasa? – preguntó Andrés apresurándose a agacharse para levantarlo en brazos, David no contestó de entrada, echó los brazos, espada incluida, en torno a su cuello y hundió la cabeza en su hombro llorando con ganas - ¿te hemos asustado? – preguntó el joven padre dejando un beso en la cabeza del niño mientras acariciaba su espalda.

    - Ez el Grinch – explicó el niño controlando las lágrimas para señalar a Piti, que aún con su barba de Melchor puesta se sobaba las pantorrillas con gesto de dolor – ez el grinch y viene por los regalos, y zi no teniemos regalos ze lleva a los ninios, y a las mamás rubias y interpinentes.

    Antes de que Andrés tuviese tiempo de contestarle a su hijo dos voces lo interrumpieron.

    - ¿Pero que barullo estáis montando? Vais a despertar a…- Ramiro dejó la frase a medias, viendo que una de las personas a la que temía despertar estaba en brazos de su padre, fuertemente abrazado a su cuello y congestionado por el llanto.

    - ¿Qué pasa? – preguntó Vilma somnolienta, ahogando un bostezo y con Orejudo bien sujeto en una mano, al ver como se encontraba su hijo despejó de golpe e iba acercarse a él y a su marido cuando Piti le contestó:

    - Pasa que tu hijo se cree Rambo, casi me da una paliza.

    - Algo le harías – contestó dándole un golpe suave con el codo - ¿qué pasa? – le preguntó a Andrés llegando a su lado y poniéndose de puntillas para dejar un beso en la cabeza del niño.

    - Que no sé porqué piensa que somos el Grinch – respondió el chico mirando a Piti acusadoramente.

    - Voy a matarte – amenazó Vilma a su amigo en un susurró mientras acariciaba la cabeza del niño – a ti, al Grinch, y a los malvados árbitros que favorecen al Madrid y vienen a por los niños que no se acaban las sardinas.

    - Intentaba ayudar – se defendió Piti – además el lesionado soy yo.

    - Va a hacer tres años, no tiene tanta fuerza – dijo Ramiro rodando los ojos.

    - A ver, David escucha – le pidió Andrés al niño que finalmente levantó la cabeza de su hombro, y lo miró con los ojos llenos de lágrimas mientras movía una de sus manitos para coger la de su madre – no es el Grinch, es el tío Piti, muy feo y con una barba muy larga, pero es el tío, ¿ves? – le dijo girándolo para que viese a su tío que ya se había quitado la barba para ayudar a tranquilizarlo.

    - ¿No ez el Grinch? – preguntó aún inseguro, aunque si su padre lo decía, él lo creía.

    - No cariño – le aseguró su madre esta vez entregándole su conejo – son igual de listos, pero no es el Grinch.

    - Enonces, ¿qué hacéis azí vestidos? – quiso saber secándose las lágrimas.

    - Ahora te lo contamos enano, pero ¿qué hacías tú? – preguntó Vilma para ganar algo tiempo.

    - No poría dejar que ze os llevasen, ni a ti, ni a Bebé, ni a la tita Salo, ni a Espe, ni a Vale, y no zé zi a la tita Julia, que no zé zi es rubia, ni a Ricky.

    - ¿Si no es rubia no se la llevan? – le preguntó Ramiro con una sonrisa desde las escaleras, Vilma y Andrés estaban casi de espaldas a él, pero David lo veía perfectamente desde los brazos de su padre; el niño negó con la cabeza y un bostezo cortó la respuesta que Vilma iba a dar.

    - Parece que no, porque según cuentan el Grinch solo se lleva a las mamás rubias e impertinentes, ¿no Piti? Pero solo si no hay regalos que llevarse claro – contestó Andrés rodando los ojos y dejando un beso en la cabeza de Vilma, que la había apoyado en su hombro y se había sujetado a su cintura con el brazo del que no se había apropiado David.

    - Ehh sí, sí; pero ya no tienes que preocuparte por el Grinch terremoto – contestó Piti acercándose a ellos e intentando arreglar el disgusto del niño – porque…

    - ¿Nos hemos desecho de él? – ofreció Ramiro al ver la desesperación de la cara su amigo.

    - ¿Le habéis hecho pupa? – preguntó David sorprendido – Porque eztaba junto a la puerta, ze quejó de que costaba mucho hacerce con los regaloz.

    - Sí, sí, le hemos hecho pupa – continuó Piti sabiendo que el niño estaba haciendo alusión a una frase suya, Palomares y Ramiro no dejaban de decirle que no hiciese ruido, pero se había olvidado de coger su linterna y no veía nada, así que había ido golpeándose contra todo lo que aparecía en su camino por culpa de la maldita túnica – le he dado una patada en los dientes y se ha ido – dijo contento ofreciéndole la mano al niño para chocarla, cosa que el pequeño hizo con ganas.

    - Yo sí que te voy a dar una patada en los dientes – siseó Vilma haciendo reír a Andrés y Ramiro.

    - ¿Y eza ropa? ¿Y loz zacos? – preguntó el niño ya con una sonrisa.

    - Es un secreto, ¿nos lo guardas peque? – preguntó Andrés, su hijo asintió con ganas, llevándose la mano al corazón y arrancándole así una sonrisa a todos los presentes. El chico se apartó de su mujer para acuclillarse en el suelo, movió al niño hasta sentarlo sobre su rodilla y con cuidado abrió uno de los sacos para enseñarle los regalos que había dentro – Los Reyes Magos nos mandaron una carta por paloma mensajera el otro día, ellos van en camello y los camellos no saben nadar, así que no sabían como hacer para traernos las cosas. Al tío Ramiro que sabe mucho de estas cosas, se le ocurrió que nos podían mandar los regalos en un águila y así nosotros los podíamos repartir – el niño paseaba la vista entre el saco y su padre con la boca abierta, mientras su madre los miraba con una sonrisa tierna, al tiempo que se acariciaba la barriga y los otros dos sonreían ante la escena- pero claro, nos dijeron que para hacerlo bien del todo nos teníamos que poner la ropa de reyes magos, si íbamos a hacer su trabajo teníamos que hacerlo bien.

    - ¿Zois Reyes Magos ahora?

    - Sí – aseguró Piti con vehemencia – hasta que lleguemos a tierra somos los Reyes Magos. ¿Mola o no mola?

    - Bahh chaval, mola – aseguró el niño pronunciando como podía algo que siempre le oía a su madre, los cuatro adultos se echaron a reír con ganas al oírlo y antes de que nadie pudiese decir nada alguien más se sumó a la escena.

    - ¡Relalos! – chilló Esperanza.

    Los chicos se giraron y vieron como De la Cuadra, todavía mas dormido que despierto, abría la puerta de su camarote y su hija se soltaba de su mano para ir corriendo hasta donde estaban. El grito de la niña puso en pie a medio Estrella Polar y al final todos se trasladaron al comedor para un temprano desayuno de Reyes.

    Había pasado ya casi una hora, y mientras la tripulación acababa de desayunar entre villancicos y risas Valeria, David, Esperanza y Ricky, sentando en el regazo de su madre, jugaban con sus regalos sentados en el suelo del comedor; Vilma tomó el último sorbo de su chocolate y se apoyó contra el hombro de Andrés, que se apresuró a mover el brazo para rodear sus hombros y así abrazarla y dejarla más cómoda contra su pecho.

    - ¿Sabes que tu hijo salió al pasillo armado con la espada y la capa al grito de “no vas a tocar a mi mamá”? – preguntó Andrés dejando un beso en la frente de Vilma.

    - ¿Ah sí? – respondió ella con una sonrisa orgullosa - ¿Qué pasó exactamente?

    - Me lo contó cuando lo llevé al baño; escuchó a Piti protestar por los regalos, y pensó que era el Grinch que venía con sus compinches a llevárselos, y además Piti le había dicho que si no había regalos se llevaban a los niños y…

    - Y a las mamás rubias e impertinentes, lo sé – bufó la chica jugando con sus dedos y los de la mano de Andrés que descansaba en su hombro.

    - No eres impertinente – le aseguró él dándole un beso rápido y llevando la otra mano a su abultada tripa tras terminarse el café – Quiso despertarme, pero claro, yo no estaba, no te quiso llamar porque sabe que tienes que descansar y como supuso que no podría avisar a Piti a tiempo, dejó a Orejudo para protegeros y salió dispuesto a enfrentarse al Grinch; ¿qué te parece?

    - Me parece que mi hijo va ser un gran hombre, y que todo es gracias a que su padre lo es – respondió Vilma girándose lo suficiente como para besarlo en condiciones, Andrés sonrió contra su boca y enterró la mano en su pelo para profundizar el beso, aunque no pudo llegar a hacerlo porque un carraspeo llamó su atención; ambos se separaron y vieron a su hijo mirarlos desde el suelo.

    - Hola – saludó sonriendo y levantando los brazos para que lo subiesen con ellos al banco, Andrés se movió para agacharse y levantarlo y lo dejó sentando en sus rodillas.

    - ¿Te gustan tus regalos peque? – preguntó tras dejar un beso en su coronilla.

    - Mucho, dale las gacias a los reyes de mi pate.

    - ¿Quieres más chocolate? – preguntó Vilma con una sonrisa al tiempo que cogía la taza del niño.

    - No, bueno…sí – pidió con una sonrisa, la chica se inclinó y le dio de beber a pequeños sorbitos mientras sujetaba su barbilla con una mano para ayudarlo – gacias mamá – dijo el pequeño cuando acabó.

    - De nada – respondió su madre riendo – Alaaa, menudo bigote – ante su frase y su risa el niño se puso de pie en el banco con ayuda de su padre, y se acercó a ella para dejar un sonoro beso en su mejilla que dejó un cerco de chocolate; se alejó tapándose la boca para disimular su risa y su madre se apresuró a cogerlo para hacerle cosquillas.

    - ¡Papá! ¡Papá! ¡Papá! – gritó David pidiendo ayuda entre risas al cabo de un instante.

    - Búscate otro niño que torturar – le dijo Andrés a Vilma tras quitarle a David de entre los brazos con una sonrisa.

    - Os encanta que os torture con mis cosquillas- respondió ella dándoles un beso a cada uno, tras poner cara de mala mientras movía las manos, como si fuese a hacerle cosquillas a ambos.

    - ¿Y a que viniste si no es por chocolate? – quiso saber Andrés al ver que el niño se retorcía ya mirando el suelo donde los demás seguían jugando.

    - ¡Ah zí! Como los Reyes me trajeron muchas cozas, quiedo…quiedo…- murmuró nervioso mirando a Julia – quiedo…cedelde la custodia de Orejudo a Bebé.

    - ¿Cederle la custodia de Orejudo? – preguntó Vilma asombrada sin saber si había escuchado bien.

    - Zí, yo zoy mayor ya, Bebé nececita un peluche y zoy su hermano mayor. Teno que cuidarla.

    - ¿Estás seguro peque? – preguntó Andrés – Es tu conejo y lo quieres mucho.

    - Zí, y es muy bueno, pero a Bebé la quiero más – explicó David encogiéndose de hombros como si realmente no le costase desprenderse del conejo, cosa que sus padres sabían que no era cierta, tenía a ese conejo desde el día en que había nacido, y desde aquel mismo día no lo había soltado jamás cuando dormía; emocionados los dos le dieron un beso y el niño los abrazó como pudo con sus pequeños brazos. Una vez que el abrazo acabó bajó del banco de un salto y echó a correr.

    - Enano – lo llamó Vilma - ¿ya tienes nombre para Bebé?

    - Sin preciones mamá – protestó el niño parándose para contestarle y volviendo a su carrera al momento, haciendo que sus padres estallasen en risas.

    - Se parecerá a mi, pero no puede negar quien es su madre – rió Andrés volviendo su brazo en torno a los hombros de Vilma.

    - ¿También vas a llamarme rubia impertinente? – cuestionó ella girándose a mirarlo y fingiendo enfado.

    - Jamás – negó él acercándose a ella – rubia imponente quizás, o rubia de las que deja sin habla, rubia con una sonrisa que para el mundo y me acelera el corazón – enumeró casi en sus labios.

    - Eso ya me gusta más – concedió ella regalándole una sonrisa de esas antes de besarlo, y ahora sí, perderse en el beso.


  3. Tonto e inocente

    domingo, 4 de diciembre de 2011



    Para Argen, porque es una vilmares de la cabeza a los pies. Tú siempre consigues ponerme los pelos de punta con tus vídeos, espero que esto te llegue la mitad de lo que me hacen sentir tus creaciones a mí, porque con eso me sería suficiente.

    N/A: Este fic está situado justo al final de la primera temporada.


    En mis veinticinco años de vida he tenido muchos momentos de calma para poder meditar, para cavilar en silencio e incluso meterme en la piel de un filósofo por unos minutos, y siempre he llegado a la misma conclusión: el ser humano es extraño. Nos pasamos la vida entera buscando la gran felicidad, el camino más adecuado para llegar a ese objetivo que tan atractivo se muestra pero que muchas veces nos parece más lejano que cualquier otro. Perdemos el tiempo pensando en cómo llegar a ella, en descubrir qué nos hace felices de verdad, pero no nos detenemos a vivirla a cada momento. La felicidad no es algo que se busca. La felicidad te encuentra en el camino, te saluda desde las pequeñas cosas que apartas de tu atención sin darte cuenta mientras crees buscarla: una canción, una palabra, la mirada de un niño... o una sonrisa. Su sonrisa.
    He pasado toda mi vida intentando decidir cuál era el camino correcto que debía seguir y qué es lo que los demás esperaban de mí, qué era lo que se suponía que debía hacer para lograr la felicidad verdadera. Le he preguntado a mi alma qué era lo que más le llenaba sin obtener respuesta, porque un alma no responde a las preguntas que le hace su dueño. Un alma responde a esas pequeñas cosas que te dan la felicidad día a día. A lo largo de mi vida he ido sintiendo esas respuestas que me iba dando mi alma: las cosquillas que te hace tu madre todas las mañanas para despertarte cuando eres un niño; los deseos que pides al soplar las velas el día que cumples diez años y te sientes como la persona más mayor del mundo; el día que tu padre consigue enseñarte a montar en bicicleta sin los ruedines; el nacimiento de todos tus sobrinos, hasta las collejas que te pega tu abuela Juana. La sensación de que estás ayudando a alguien, de que estás eligiendo el camino correcto, la certeza de creer en algo con todas tus fuerzas y estar seguro de ello. Todos esos detalles hicieron que mi alma se agitase de felicidad y que creyese que, por fin, estaba lleno. Pero no era así, no lo estaba. Lo comprendí cuando mi alma se agitó con mucha más fuerza, como si quisiera salir por mi boca y aferrarse más a mis entrañas al mismo tiempo. Lo comprendí cuando vi su sonrisa.
    La primera vez que la había visto estaba bastante seria. Mechones de pelo dorados caían sobre sus hombros mientras arrastraba una maleta vestida de negro y su cara de pocos amigos no invitaba a que le prestasen ayuda, aunque a pesar de eso lo intenté. Vilma no poseía lo que se considera una gran belleza. Era guapa, sí, pero no destacaba por encima de todas las demás. Sus ojos marrones y su cara ovalada podrían pasar desapercibidos al lado de otras chicas del barco sin problemas... hasta que sonreía. Cuando lo hacía algo cambiaba, como si las proporciones existentes entre los rasgos de su cara hubiesen variado lo suficiente para atrapar la mirada de cualquiera que osase echar un vistazo en su dirección, y si la curva de sus labios estaba acompañada por el cascabel de su risa el efecto era casi mágico. En ese momento yo no podía apartar mi mirada de su rostro. Era lo más bello que un hombre podría contemplar.
    Puede sonar extraño, pero la sonrisa de ella lograba iluminar una estancia entera, de veras. Era como si la luz del sol no quisiese perderse la forma en que sus labios se curvaban y acudiera a la llamada a toda prisa, aunque tal vez fuesen sólo imaginaciones mías. Lo que sí que puedo asegurar es que la calidez que sentía mi corazón cuando ella sonreía era real. Esa misma calidez es la que estaba sintiendo en este momento cuando entré en la pequeña capilla que había construido semanas atrás con mis propias manos y la vi sentada en una de las cajas de madera que hacían la función de un banco improvisado. Ella se giró, y cómo no, me sonrió. Volvió la cabeza hacia el frente, dándome la espalda de nuevo mientras su melena se agitaba levemente, y no pude hacer otra cosa que quedarme en la puerta dudando si entrar o no. Parecía que ella estaba profundamente inmersa en sus pensamientos y no quería turbar aquel momento de meditación del que podía disfrutar, pero el hecho de que simplemente me había sonreído, sin decir nada, me dio la impresión de que en realidad mi presencia no suponía una molestia para ella, así que entré. Avancé entre las filas de bancos hasta llegar a su altura y me senté junto a ella, dejando unos centímetros de separación entre nuestros cuerpos.
    Cuando miré de reojo hacia su cara pude ver que tenía los ojos cerrados. Sus manos estaban apoyadas sobre sus rodillas, que quedaban desnudas porque el pantalón corto del uniforme que llevaba puesto no llegaba a cubrirlas. A pesar de que esos días hacía bastante calor en el barco ella no se había recogido el pelo como hacía habitualmente, sino que le caía por los hombros despeinadamente. Casi parecía que lo había hecho en un acto de rebeldía. Toda ella desprendía un halo de paz que hacía mucho tiempo que no percibía en nadie, y eso me sorprendió sobremanera. Centré mis ojos en la cruz que había colgada enfrente de mí antes de cerrarlos, cavilando sobre qué estaría pasando por la mente de la chica en esos momentos.
    Hacía días que la había besado en un rápido impulso que no había visto llegar. Esa vez, la orden que hizo que tras abrazarla no me alejase de ella sino que acabase con toda la distancia que nos separaba no partió de mi cerebro, esa orden provenía de otro lugar y me daba miedo pensar de dónde. Siempre existía la posibilidad de que, al final, esa orden hubiese partido de mi corazón. Recordé las palabras que habían salido de su boca cuando le expuse mis dudas, unas palabras que suponían una coartada perfecta para mi comportamiento, que le concedían a mi atormentada mente una vía de escape para huir de los pensamientos que no debería haber tenido desde el momento en que decidí adoptar la condición de sacerdote. Esa explicación era la solución a mis problemas, pero sabía muy bien que no era verdad. No podía mentirme a mí mismo: para mí, aquello no había sido un beso tonto e inocente. Aquel beso había agitado mi alma igual que cada vez que veía su sonrisa, y ese momento, esos segundos que nuestros labios estuvieron en contacto era uno de los pocos de toda mi vida en que podía asegurar que había sentido la felicidad corriendo por mis venas.
    Mi mente seguía viajando por estos pensamientos cuando algo hizo que mis párpados volviesen a elevarse, aunque seguí sin fijar la mirada en su rostro. Tuve que contenerme para no hacerlo. La mano de Vilma había abandonado su propia rodilla para posarse suavemente sobre la mía sin decir una sola palabra, sin emitir ningún sonido. Por fin levanté mi mirada para observarla, pero su rostro no reflejaba ninguna emoción distinta a lo que reflejaba minutos antes, todavía con los ojos cerrados. Entonces, en un acto de valentía coloqué mi mano sobre la suya. Bueno, mirándolo ahora desde la distancia puedo ver que no fue el atrevimiento del siglo, pero en aquel momento lo sentí así. Me costó horrores decidirme a hacerlo. Así que posé mi mano sobre la de ella y la apreté de forma suave, ejerciendo una ligera presión mientras la acariciaba en círculos. Era un contacto leve, bastante inocente; no sabría decir por qué pero el hecho de tener su mano en mi rodilla mientras yo la acariciaba me estaba nublando la mente. Ella debió leerme la mente o notar el estado en que me encontraba, o tal vez fue simple casualidad que ocurriese en aquel momento, pero rompió a reír. Rompió a reír como hacía siempre pero a la vez de forma distinta, y juro por Dios que en mis veinticinco años de vida no he escuchado nada mejor que su risa en aquel momento, y yo no suelo jurar por Dios a menudo.
    Al final yo terminé acompañándola en una sonora carcajada conjunta que fue aumentando de volumen al paso de los segundos, sin soltar su mano en ningún momento. Ella tampoco la retiró. Seguimos riendo sin saber con certeza qué alimentaba nuestras carcajadas hasta que nos empezó a doler el estómago, y poco a poco nuestras respiraciones fueron volviendo a un ritmo normal hasta que el silencio fue rasgado de nuevo, esta vez por su voz.
    Los besos tontos e inocentes ocurren muy a menudo. Más de lo que crees.
    La miré durante una milésima de segundo, intentando averiguar por qué había pronunciado esa frase justo en ese momento. ¿Por qué volver a sacar ese tema? Desde aquella conversación en la que ella descubrió que yo le estaba dejando las pajaritas entre sus cosas nunca habíamos vuelto a hablar del asunto, parecía incluso que se había convertido en un tema tabú. Y ahora, de repente, sin que yo lo esperase, ella hacía referencia a aquellas palabras que había intentado asimilar sin éxito. Maldición. Estaba perdido, condenado al fracaso en todos mis intentos de permanecer alejado de ella. Era como si una fuerza invisible me mantuviese obcecado en pensar en ella, en acelerar los latidos de mi corazón cuando nos cruzábamos por un pasillo, en cuestionarme cosas que nunca me había cuestionado.
    Esa fuerza invisible jugaba conmigo, pero ella no se quedaba atrás. En ese momento, con todos esos pensamientos en mi cabeza, hizo algo que definitivamente no me esperaba: apartó la mano que tenía en mi rodilla -lo cual lamenté internamente, para qué negarlo- y colocó las dos detrás de mi cuello, atrayéndome hacia ella y presionando sus labios contra los míos.
    Me besaba. Vilma me estaba besando, había sido ella la que había acercado mi cara a la suya y había eliminado la distancia que nos separaba para unir su boca con la mía. Y a pesar de mi perplejidad, de plantearme si aquello estaba ocurriendo de verdad, si aquello debía estar ocurriendo, la respuesta fue instantánea. Debía serlo. Porque estaba enamorado de ella, en ese momento lo supe con certeza, como si fuese lo único de lo que había estado seguro en toda mi vida. Estaba enamorado de su risa, de los mechones de pelo que se escapaban cuando se hacía una coleta, de la forma en que solía llevar la corbata del uniforme ligeramente desanudada, de sus comentarios bordes e irónicos. Estaba enamorado de la forma en que miraba la pantalla del ecógrafo, de las veces que sin darse cuenta se mostraba vulnerable y me permitía ver más allá del muro que había creado a su alrededor.
    Moví mis labios al compás de los suyos, suavemente, actuando casi por instinto. Era apenas un roce, el aleteo de una mariposa sobre mi boca, pero con ello bastó para que un cosquilleo comenzase a extenderse por mi cuerpo a través de mis venas. Era como si, de repente, fuese consciente de cada una de las sensaciones que traspasaban mi cuerpo, de cada uno de mis músculos, de todos mis poros. La mano de ella cayó desde mi nuca hasta mi espalda y se aferró a mi camiseta a la vez que el movimiento de sus labios se volvía cada vez más y más desesperado, más rápido, más fiero, y ya no pude pensar más. Mi lengua escapó de mi boca y se deslizó por su labio inferior, lamiendo suavemente, pidiendo permiso para entrar. Vilma entreabrió los labios en respuesta a mi súplica silenciosa y por fin nuestras lenguas se encontraron. Los cosquilleos que había sentido antes se convirtieron en descargas eléctricas, como si un rayo me hubiese traspasado de la cabeza a los pies. Nuestras lenguas se enzarzaron la una con la otra, jugando, conociéndose, y decidí que ese acto tan íntimo se acababa de convertir en mi sensación favorita.
    Con una mano la levanté un poco para colocarla encima de mí, pero no me hizo falta mucho esfuerzo porque ella puso de su parte enseguida. Allí estaba yo, el último cura del mundo, sentado en uno de los bancos de mi capilla improvisada besando a una mujer que estaba sentada sobre mí, con las manos perdidas bajo la tela de su camiseta y el corazón a punto de salirme por la boca. Y tan pronto como había empezado, acabó. Nuestros labios se separaron despacio, con los pulmones agitados pujando por un poco de aire, y con los ojos fijos en los del otro. Vilma sonrió, con una sonrisa que le llegó a los ojos, y se acercó hasta quedar a milímetros de mi oído para susurrarme algo que hizo que me estremeciese de arriba a abajo.
    Para que veas que no todos los besos son tontos e inocentes.
    Me dio un pequeño mordisco en la oreja y se levantó, todavía con una sonrisa, y después de colocarse la ropa y la corbata, dejándola un poco desanudada como a mí me gustaba, salió de la estancia. Y allí me quedé yo, sin poder moverme, sabiéndome enamorado y planteándome si lo más maravilloso que había sentido en la vida había ocurrido de verdad o sólo había sido producto de un sueño.


    Cuatro días. Cuatro días habían pasado desde aquel beso en la capilla, desde aquel momento en el que no pude negarme más lo que sentía por ella. Estaba enamorado de Vilma. Siempre pensé que si alguna vez me enamoraba, si ese sentimiento conseguía penetrar en el corazón de un sacerdote como yo, lo primero que sentiría sería vértigo. El amor te eleva y te hace levitar como una pluma balanceada por el viento, te coloca a un nivel en el que tienes que mirar al vacío y tomar la decisión de lanzarte, de luchar por ello. Pero yo no sentía vértigo. Era como si admitir por fin que estaba enamorado de esa mujer me hubiese liberado después de demasiado tiempo reprimiendo un sentimiento que no podría ser negado. Me sentía bien. Así, sin más, bien. Y eso era algo mucho mejor de lo que habría podido esperar.
    Un suspiro se escapó de mi boca mientras deslizaba la fregona por el suelo de la sala de máquinas. Llevaba cuatro días perdido en el recuerdo de sus palabras, de su piel ardiendo bajo las yemas de mis dedos, de su lengua compartiendo un contacto tan íntimo con la mía. Llevaba cuatro días sin hablar de ello con nadie. Vilma actuaba como si aquello nunca hubiese ocurrido, no decía una palabra al respecto y compartía conmigo las mismas miradas y sonrisas que había compartido siempre. Me estaba volviendo loco. No podía evitar que mi mente se inundase con imágenes de ella, de todo lo que había ocurrido, de todo lo que todavía no había ocurrido. Era algo que nunca me había sucedido, al menos no de esa forma, y cada vez que mi mente pasaba los límites establecidos el arrepentimiento me inundaba. Cuando terminé de fregar el suelo escurrí la fregona y me agaché para coger el cubo de agua y llevarlo al armario, pero algo me distrajo: una suave melodía se colaba por el hueco de la puerta. No logré identificar lo que era, apenas un murmullo sin ritmo alguno, de modo que abandoné el cubo en el suelo y salí sigilosamente al pasillo para averiguar de dónde provenía aquel sonido. Despacio, con pasos silenciosos, fui acercándome hasta caer en la cuenta de que se trataba de una voz, de un suave canturreo. Antes de doblar la esquina supe lo que me iba a encontrar.
    Al asomarme la vi, al final del pasillo. Era extraño, pero siempre había pensado que la vida sería como en las películas, cuando la chica se viste de princesa, se arregla para su chico y el Richard Gere de turno la ve más bella que nunca. Con Vilma no era así. Desde mi posición podía contemplarla sin prisas, regalándome la oportunidad de grabar en mi memoria cada curva, cada gesto, cada matiz, sin que ella se hubiese percatado de mi presencia. Llevaba los pantalones cortos del Estrella más flojos de lo normal porque no había abrochado el botón; su figura empezaba a delatar poco a poco el bebé que crecía dentro de ella. Tenía el pelo recogido en un moño desordenado, y al fijar la vista con mayor atención en aquel punto pude darme cuenta de que lo llevaba sujeto con un lapicero. Sonreí sin pensarlo, de forma automática. Vilma estaba limpiando el cristal de la enfermería por fuera frotando con un paño que de vez en cuando mojaba en el cubo que había junto a ella. Y así, con la ropa de todos los días, un lápiz sujetándole el pelo y la melodía que salía de sus labios estaba más bonita que nunca. Sin vestidos de princesa, sin maquillaje. Sólo Vilma.
    El recuerdo de los labios de Vilma contra los míos volvió a azotarme de golpe y no pude evitar llevar la mano a mis labios, pero estaba pegado a la pared, y la magia de aquel momento pareció romperse cuando mi codo golpeó una de las tuberías y Vilma se giró de golpe. Digo que pareció romperse porque se quedó en eso, en un pareció. Al verme allí los labios de ella se curvaron en una sonrisa, en la sonrisa, y en ese instante me juré que dedicaría cada segundo de mi vida a hacerla feliz con tal de ver esa sonrisa todos los días. Pasase lo que pasase, pasase quien pasase. Ninguno de los dos dijo nada, durante un par de minutos sólo se escuchó el sonido del paño al caer en el agua del cubo y nuestras propias respiraciones. Nos mirábamos, simplemente nos mirábamos como si fuese la primera vez que nos veíamos. Y entonces, de repente, los dos nos movimos. Un paso hacia adelante. Y otro. Y otro más. Vilma y yo nos acercábamos lentamente en ese pasillo en el que nos habíamos encontrado sin buscarlo, por casualidad. Los metros que nos separaban se convirtieron en centímetros. Los dos frenamos cuando estábamos uno frente al otro, con esa sonrisa plantada en la cara y los ojos fijos en los del otro. No habíamos dejado de mirarnos en ningún momento. Un mechón se había escapado del moño que llevaba y sin pensarlo llevé mi mano hacia él para colocarlo tras su oreja, pero mi mano no volvió a bajar, quedó pegada a su mejilla. Y ocurrió lo que llevaba esperando que ocurriese cuatro días, aunque no lo quisiese reconocer.
    Mis labios impactaron con los de Vilma con fuerza, sedientos de ella, casi saciando una adicción. Si el beso que habíamos compartido cuatro días atrás había empezado de forma suave, el que estábamos compartiendo ahora era totalmente apasionado. Moví la mano que tenía en su mejilla hacia su nuca para pegarla más a mí, pero no pareció suficiente porque dio unos pasos hacia atrás tirando de mí hasta apoyar su espalda contra la pared. Nunca había sido consciente de la diferencia de alturas entre nosotros hasta ese momento, en el que Vilma se encontraba de puntillas y yo la ayudaba sujetándola con mis manos para que pudiese llegar a mi boca, pero no lo lamenté. Es más, llegué a celebrarlo interiormente cuando ella no pudo aguantar más así y decidió dejar mis labios para atacar mi cuello. Bendita decisión. Cuando escogí el camino que me llevaría al sacerdocio lo hice en parte porque pensaba que no me estaba perdiendo nada. Ahora, con la mente nublada por el deseo, sólo podía preguntarme cómo había podido vivir hasta entonces sin los labios de Vilma sobre mi cuello.
    Sólo existíamos ella y yo, nuestras bocas, nuestras manos, nuestras respiraciones entrecortadas... Pero un sonido proveniente de la planta de arriba nos sacó de nuestra burbuja particular, y fui consciente de dónde estábamos y de que podría vernos cualquiera. Vilma volvió a ponerse de puntillas para llegar hasta mi oído.
    Vamos a la enfermería.
    Con una sonrisa pícara bailándole en los labios tiró de mi camiseta, sin separarse apenas de mí, hasta llegar a la enfermería. Vilma cerró la puerta a sus espaldas, todavía sonriendo contra mis labios. Sin soltarnos, sin perder el contacto entre nuestras bocas, fuimos avanzando lentamente hacia la mesa en la que solía trabajar Julia, y en un impulso hice algo que había visto en las películas y siempre quise hacer: despejé la mesa con un manotazo. Con el otro brazo alcé a Vilma, sin separar mi boca de su piel, y la apoyé en la mesa. Ella no pudo evitar reírse.
    Con lo inocente que parecías... y mírate —susurró contra mi oído.
    Y en ese momento supe que no podría parar, iba a hacer el amor con esa mujer en aquella mesa, y nunca había deseado algo con tanta fuerza.
    Para que veas que yo también sé hacer cosas que no son ni tontas, ni inocentes...
    Lo dije despacio, paladeando cada palabra, provocando que Vilma enroscase las piernas en torno a mi cintura y me mordiese el cuello con fuerza. Así debía sentirse uno estando en el cielo. Nunca había tocado a una mujer de esa forma, nunca había estado con una mujer de esa forma, así que me dejé llevar. Mis inexpertas manos no se movían por donde mi razón me decía que debían moverse, sino por donde el deseo y el amor que se arremolinaban en mi corazón querían que se moviesen. Y a Vilma parecía gustarle. Mi mano derecha se coló por debajo de la camiseta de ella y ascendió por su vientre hasta detenerse sobre uno de sus pechos, y lo presioné sobre la tela del sujetador con firmeza, pero de forma delicada. Jamás un trozo de tela tan pequeño me había parecido tan molesto como aquel, y por el gemido que salió de su boca a ella tampoco. Dejé que mi mano se moviese por aquella parte de su anatomía, jugando, descubriendo cada curva, mientras Vilma seguía empeñada en volverme loco con su lengua, que ahora estaba peligrosamente cerca de mi oreja.
    Quítate la camiseta.
    Su voz sonó ronca, como nunca la había escuchado, y la obedecí de inmediato. Me eché un poco hacia atrás para quitarme la prenda y cuando lo hube hecho me detuve un segundo. Vilma me miró, mordiéndose el labio, para después volver a atraerme hacia ella tirando suavemente de la cadena que descansaba sobre mi pecho. Volvimos a estar cuerpo contra cuerpo, boca contra boca, hasta que me separé el tiempo necesario para sacar su camiseta por encima de su cabeza y posé mis labios esta vez en su mandíbula, torturándola poco a poco. Las manos de los dos se movían frustradas ante el intento de estar en todas partes a la vez y no conseguirlo. No sé en qué momento el sujetador de ella cayó al suelo, pero empecé a deslizar mis labios en sentido descendente por su cuello, notando su sangre bombeando bajo mi roce, siendo consciente de lo rápido que estaba latiendo su corazón. Y yo era el causante de ello. Seguí bajando hasta detenerme en su pecho, esta vez sin la molesta tela estableciendo límites, y dejé que mi boca y mis manos se afanasen en esa zona tan sensible. Vilma se arqueó ante el contacto, y poco a poco fue deslizando una mano dentro de mis pantalones, desabrochando el molesto botón. La succión de mi boca aumentó inevitablemente con su contacto, y con ello la presión que estaba ejerciendo su mano, haciéndonos entrar en una burbuja de placer compartido. Y tras unos segundos así, disfrutando el uno del otro, sentí la necesidad de hacer algo. Abandoné el pecho de Vilma entre sus quejas entrecortadas, mientras ella clavaba las uñas en mi espalda, y seguí deslizándome hacia abajo hasta detenerme en su vientre. Apenas se notaban los cambios en él, el reflejo de lo que ocurría bajo su piel sólo era perceptible para algunos, y por supuesto yo me había dado cuenta de ello. Quería hacerle ver a Vilma que no sólo me importaba ella, que aquello para mí no era un simple juego, quería que supiese que la quería y lo quería todo de ella, incluido el bebé que crecía en su vientre. Por eso conseguí calmarme durante un momento, dejar en un segundo plano todas las emociones que me había hecho sentir en los últimos minutos y deposité un suave beso en su vientre, ahí, donde sabía que estaba esa personita.
    Vilma pareció conmoverse ante mi gesto, dejando de lado las quejas que había emitido segundos antes, y poniendo un dedo bajo mi barbilla me hizo levantarme hasta que nuestros labios volvieron a fundirse. Era un beso apasionado, desesperado, pero que dejaba fluir todos los sentimientos que queríamos compartir. Muy a nuestro pesar tuvimos que separarnos un segundo para respirar, jadeando, haciendo que nuestros alientos se mezclasen para luego volver a besarnos de la misma forma. No iba a poder parar aquello, no quería pararlo. Todo se volvió mucho más desenfrenado, mucho más rápido, y pronto el pantalón de Vilma y el mío se encontraban en el suelo. Separados únicamente por la ropa interior, nuestras pelvis chocaron y se movieron anticipando lo que pasaría después, pidiendo a gritos que llegase ese momento. Llevé mis manos a la parte trasera de las rodillas de Vilma, y fui subiendo por sus muslos ejerciendo una leve presión sobre ellos hasta llegar al borde de sus bragas, bajándolas con la ayuda de ella, que se movió hacia arriba para poder sacárselas. Y allí estaba, Vilma Llorente, la mujer que había entrado en mi vida como un terremoto, el amor hecho persona... desnuda entre mis brazos. Al fin. Ella hizo lo propio con mis calzoncillos, enviándolos a donde quisiera que estaba el resto de prendas, y entonces los dos nos detuvimos un segundo a mirarnos a los ojos.
    ¿Alguna vez habéis dudado de lo que puede llegar a transmitir una mirada? Porque si hubieseis cruzado con Vilma la mirada que estaba cruzando yo en aquel momento no volveríais a dudar. Mis ojos siempre habían estado pendientes de ella, cada vez que entraba a una habitación de ese barco automáticamente la rastreaban en su busca, en el comedor, en el aula, en los camarotes. La miraba, me gustaba mirarla sin que ella me viese, me gustaba imaginar en silencio que ella también me miraba cuando yo no la veía. Pero en ese instante, más cerca que nunca, con sus ojos clavándose en los míos, la intensidad de la mirada que estábamos compartiendo desbordó mi corazón. Por fin, ella entreabrió los labios para decir algo.
    ¿Tú estás seguro de que quieres que esto sea así, aquí, ahora, con...?
    No pudo seguir hablando porque la callé con un beso, queriéndola más que nunca, como si eso fuese posible. Porque ella sabía que iba a ser mi primera vez, y a mí no se me ocurría un momento ni una persona mejor para hacerlo. Poco a poco fui entrando en ella, probando, hasta que estuve por completo en su interior; éramos uno. Ella volvió a clavar las uñas en mi espalda y comencé a moverme despacio, aumentando la velocidad poco a poco, disfrutando de un encuentro que quedaría grabado a fuego en mi memoria, no lo dudaba. Las suaves sacudidas fueron convirtiéndose en embestidas más desenfrenadas, hasta que nuestros cuerpos se movieron al mismo compás. Vilma separó sus labios de los míos, susurrando un “Andrés” entrecortado mientras su interior se contraía, y sentir aquello mientras la escuchaba llamarme así por primera vez me provocó una oleada de placer inmensa.
    Nos quedamos así un momento, callados, con los ojos cerrados, intentando recuperar el aliento pero sin separarnos ni un centímetro. Salí de ella sin querer dar por acabado el momento, estremeciéndome ante la idea que bailaba en mi mente. Llevaba cuatro días soñando con esto y sintiendo un gran arrepentimiento después, pero ahora no podía estar más lejos de ese sentimiento; lo que habíamos compartido no podía estar mal. Sin abrir todavía los ojos, llevé mis manos a donde sabía que estaba su cara, y deposité un leve beso en su frente perlada por el sudor.
    Con ese roce todo se precipitó. Ella me sonrió con fuerza, sin decir nada, y se agachó para coger la ropa que estaba en el suelo. Se vistió despacio, todavía callada, y se demoró en coger mi ropa y colocarla encima de la mesa ante mi atónita mirada, y cuando hubo terminado volvió a encaramarse para acercarse a mi oído, como había hecho tantas veces aquella tarde.
    He guardado toda tu inocencia en tu bolsillo.
    Y se fue. Salió de la enfermería guiñándome un ojo y se fue, sin decir nada más, con esa sonrisa que se había convertido en la sonrisa y dejándome más atónito que antes. ¿Qué había querido decir con aquella frase?

    Continuará...