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  1. El color del amor

    sábado, 23 de julio de 2011

    Para Noe, espero que lo disfrute al menos un poquito :)


    Aquella mañana las nauseas habían impedido a Vilma acudir al reparto de turnos, por lo que no sabía qué tareas le habían asignado para aquel día. No le había pasado desapercibido el hecho de que últimamente las tareas que le tocaba realizar eran menos duras que antes ni tampoco era ajena a las conversaciones que sabía que Piti y Palomares habían mantenido con el capitán Montero para librarla de los peores trabajos debido a su estado. A pesar de que lo agradecía porque sabía que sólo estaban preocupados por ella, no paraba de repetirles que estaba embarazada, no inválida, y que de momento su estado le permitía llevar una vida completamente normal, si es que a lo que se había convertido su vida se lo podía calificar de normal. Tenía veintidós años, estaba embarazada y formaba parte de la cincuentena de personas que había sobrevivido a un cataclismo a bordo de un barco. Era de locos.
    Dejando de lado todos esos pensamientos siguió su camino por el pasillo en dirección al camarote de los chicos, no encontraba a Ainhoa por ningún lado y necesitaba saber cuáles eran sus turnos antes de que Montero se arrepintiese de hacerle el favor de ayudarla. Pensó que Palomares o Piti estarían en su camarote, o incluso Ramiro, pero al tocar la puerta con los nudillos nadie respondió, así que la abrió y entró. En efecto, el camarote estaba vacío. No pudo evitar que una sonrisa curvara sus labios al ver que la cama de Piti estaba deshecha, cubierta por algunas prendas de ropa dejadas allí de forma desperdigada, y sin embargo la cama de Palomares estaba pulcramente ordenada, sin una arruga en la colcha. Eran tan diferentes... y sin embargo la complementaban tan bien. A pesar de las tonterías que podían llegar a hacer, como jugarse la paternidad de su bebé en una timba de dados, se sentía muy afortunada de tenerlos a su lado.
    Era la primera vez que estaba sola en ese camarote y podía contemplarlo sin prisas, sin que nadie la molestara o le preguntase qué estaba haciendo, de modo que se acercó a la cama de Piti y se sentó en ella, apartando un poco la ropa. Al mirar la estantería que reposaba sobre la cama del chico no pudo evitar que su risa llenase la estancia recordando los golpes que se había dado Piti en la cabeza con esa balda de madera, parecía que estaba ahí colocada justo para eso. Decidió echar un vistazo a lo que había ahí colocado, dándose cuenta de que era una pequeña representación del mundo de su amigo, y cogió un pequeño balón de color rojo y blanco. A Piti le encantaba el fútbol, y más de una vez le había hablado a su todavía pequeña barriga diciendo que su bebé sería un gran futbolista, y que ahora que el mundo había acabado él sería el nuevo Kun Agüero. Al lado del balón había un marco de fotos que mostraba tres caras aparentemente sonrientes, pero que escondía mucho más si te fijabas detenidamente; los labios de Piti y de sus padres estaban curvados hacia arriba, pero la sonrisa no les llegaba a los ojos. Probablemente ella fuese la única persona de ese barco que sabía por todo lo que había pasado el chico tras la muerte de su hermano, y sintió que una brisa cálida le rodeaba el corazón. Piti escondía mucho más de lo que podía llegar a mostrar, y a medida que ella iba conociendo esas facetas ocultas estaba más segura de que era una persona maravillosa.
    Entonces algo le llamó la atención y su vista se posó en el cuaderno que utilizaba para ir a clase. Era de color rojo. Ese color representaba tantas cosas para ella... y definía muy bien a Piti. El color rojo representaba el optimismo, ese optimismo que había embargado a Piti cuando descubrieron que el mundo se había ido al garete y lo había empujado a organizar citas de diez minutos. Puede que pareciese una tontería, pero decía mucho de él. Al fin y al cabo, como ya había dicho en otro momento, Piti era ese corcho que flota en medio de un naufragio. Pero el rojo también significaba sin ninguna duda la atracción y el deseo.
    Ella había besado a Piti en la boca para demostrarle a Estela cómo se comportaban los tíos, pero en el fondo sabía que había algo más. Había juntado los labios con los suyos y había dejado que su lengua se introdujese en su boca durante unos segundos, saboreando aquella sensación con los ojos cerrados y sabiendo que él no se lo esperaba. Se había sentido poderosa por un momento, y eso le había gustado, no podía negar que se sentía atraída por Piti. Cuando se habían bañado juntos le había dicho que lo veía como un hermano, o incluso como una mascota, pero el vello de la piel no se te eriza cuando tu hermano pasa por tu lado rozándote el brazo ni disfrutas cuando tu lengua se entrelaza con la suya. Sabía que si estuviera con Piti mantendrían una relación muy pasional, y eso no la molestaba en absoluto. Piti era el tipo de chico por el que siempre se había sentido atraída. El color rojo también era un símbolo de coraje y valentía, y Vilma sabía que Piti le había tenido que echar narices para declarársele de aquella forma. Piti no había estado enamorado en su vida hasta que la había conocido a ella. Era el Don Juan del morse, ¿no? Acostumbrado a conquistar a unas y a otras, pero a no quedarse con ninguna. Y ahora había llegado ella, con su mala leche y su bombo, y él se había atrevido a decirle que la quería, que estaba enamorado de ella. Amor. El rojo también es el color del amor.
    Ella no había dicho nada ante su declaración. Pensaba que las pajaritas se las había dejado él, que eran una muestra más de lo que sentía por ella, y al descubrir que no era así se había sentido decepcionada. Decepcionada por darse cuenta de que aquello no era obra de Piti. Dos días atrás él le había pedido una respuesta, le había preguntado si lo quería, y ella no le había contestado todavía. No sabía qué decirle, y sabía que él merecía una respuesta sincera ante todo. El color rojo simbolizaba la impaciencia, la ansiedad de Piti por saber si su amor era correspondido o no. Tenía que responderle, no quería perder a Piti y sabía que en el fondo él le gustaba. No podía dejar pasar una oportunidad así, ¿no? Sabía que con el tiempo lograría quererlo, que se enamoraría de él, sobre todo sabiendo que el chico estaba dispuesto a cuidar de su bebé y que ya lo sentía como su hijo. Intentó aclarar sus ideas, cogió un bolígrafo que había sobre la mesilla y abrió el cuaderno hasta encontrar una hoja vacía. Comenzó a garabatear unas palabras, pero cuando no llevaba más de dos líneas su mano frenó en seco al no saber cómo continuar. Vilma levantó la mirada pensativa, y entonces sus ojos se posaron en algo: el cuaderno amarillo que descansaba en la mesilla de Palomares. Dudó durante unos segundos, pero al final se levantó dejando el cuaderno abierto sobre la cama de Piti y se sentó en la cama de Palomares, cogiendo la libreta amarilla. Era curioso; si el rojo representaba muy bien a Piti, el amarillo era un color perfecto para Palomares.
    El amarillo simbolizaba la decisión que había mostrado el cura cuando hizo caso omiso a las órdenes de Montero y construyó su capilla, o aquella vez que había desafiado a De la Cuadra para que le devolviese su Biblia. Una persona que se había atrevido a dejar toda su vida para convertirse en sacerdote sin duda era una persona decidida. Era todo lo contrario a ella, que ni siquiera había sido capaz de terminar su respuesta a Piti segundos antes... y sabía por qué. Sentía que aquello no tenía que ver sólo con ella y con Piti, también tenía que ver con Palomares, con sus pajaritas, con su preocupación por ella y por su hijo. Se sentía obligada a decidir. Cuando descubrió que Piti no le había estado enviando esas pajaritas se había sentido decepcionada, sí, pero el averiguar que el que se las había dejado era Palomares la había pillado desprevenida. No hubiera esperado ni por un segundo que fuese él, ella nunca se hubiese planteado una cosa así porque, bueno, él era cura. ¿Cómo puedes esperar que un cura muestre tales sentimientos por ti?
    Sin embargo, lo que más le preocupaba no eran los sentimientos que él mostraba por ella, eran los sentimientos que ella tenía en su interior. Le daba miedo (miedo, una emoción representada por el amarillo, qué casualidad) pensar que podía sentirse... atraída por él. Piti era una opción mucho más fácil de considerar, porque a pesar de las tonterías que podía llegar a hacer era casi lo natural, ¿no? Él se había ofrecido a ser el padre de su hijo y ella lo había aceptado, era como si el siguiente paso estuviese obligado, como si estar juntos fuera lo más lógico. Palomares era la opción difícil, porque ni siquiera debería considerarlo una opción. Él le había entregado su vida a Dios, ¿quién era ella para sentirse con derecho a quitársela? Abrió con cuidado el cuaderno que tenía en las manos y encontró lo que seguía recibiendo religiosamente todos los días en su taquilla, entre sus libros o bajo la almohada: una pajarita de papel con el inconfundible mensaje de Palomares. La tenía ahí preparada para dejársela de nuevo cuando tuviese la oportunidad, con sus bordes amarillos como las hojas de aquel cuaderno. Amarillo, el color de la energía, del sol, de la alegría. Siempre que Vilma encontraba una nueva pajarita sonreía, daba igual que tuviese decenas acumuladas en su camarote, ella siempre sonreía y se sentía alegre aunque fuesen unos escasos segundos.
    Vilma cerró el cuaderno de Palomares y lo dejó sobre la colcha, dispuesta a volver a la cama de Piti para terminar de responder a sus sentimientos, pero sus ojos se fijaron en un papel que sobresalía de la Biblia que había en la mesilla. Cuando lo cogió y descubrió qué era el estómago le dio un vuelco. El papel estaba manoseado, como si el chico lo hubiese tenido entre las manos muchas veces para observarlo, y lo había guardado en algo tan valioso para él como lo era su Biblia, por la que había desafiado al primer oficial. Volvió a mirar hacia la cama de Piti, y entonces dejó el papel sobre la Biblia y se acercó al cuaderno rojo del moreno, arrancó la página en la que había empezado a escribir y se la guardó en un bolsillo, para después cerrar el cuaderno. No era capaz de decirle que sí a Piti, había estado a punto de hacerlo pero no había podido. Vilma salió del camarote dejando atrás, sobre la Biblia, la ecografía de su bebé, aquella ecografía clandestina que Palomares le había hecho días atrás. Tal vez el color del amor no tenía por qué ser el rojo.


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