Rss Feed
  1. En el interior de un corazón

    jueves, 6 de octubre de 2011

    Para Silvia, porque ella sabe ir más allá y encuentra algo bueno en todos y cada uno de los personajes. Todo personaje merece su historia, y espero que esta sea de tu agrado.

    Arrullada por el sonido de mis sollozos podía notar el sabor salado de las lágrimas que bañaban mis mejillas, aunque en el fondo de mi alma yo las sentía amargas. La vida se empeñaba en amargarme la existencia, en permitir que me humillase a mí misma una vez tras otra sin lograr a cambio nada que mereciese la pena. Pena. De eso estaba plagado mi corazón. Puede que incluso tuviese suerte. Ya me entendéis, si se produce un cataclismo mundial y tú eres parte de la cincuentena de supervivientes creo que puedes considerarte una chica con suerte, pero mi corazón no lo sentía así. Lo más seguro era que otra persona mereciese más que yo estar en el lugar que me encontraba. Me estaba ahogando lentamente en esos pocos metros cuadrados, recorridos por estrechos pasillos y camarotes compartidos con demasiada gente, demasiado ruido, demasiadas aventuras en muy poco tiempo. Nunca estuve preparada para ello. Y lo que más me dolía, lo que se clavaba en mis entrañas como el filo de un cuchillo y me apretaba el corazón con rabia era la sensación de soledad. En aquel barco todos estaban unidos, de una manera o de otra, a alguien, todos tenían a alguien que lo elegiría a él en caso de que sólo pudiese salvarse uno. Todos menos yo. Había entablado relación con algunos en esos meses de travesía, pero yo era consciente de que los lazos que me unían a ellos no eran tan fuertes como los que tenían con otras personas. Pobre chica; por siempre sola.
    Todos estos pensamientos martilleaban mi cabeza una y otra vez impidiendo que pudiese controlar las lágrimas que seguían abalanzándose por mis mejillas y agitándome la respiración como lo había estado durante las dos horas anteriores. Dos horas llevaba allí escondida, y podía apostar lo que fuese a que nadie se había dado cuenta a pesar de que ya había pasado la hora de la cena. Me estiré en el suelo de la bodega, apoyando mi mejilla sobre el frío piso y cerrando los ojos en un intento inútil de dejar de pensar, y entonces un ruido me hizo volver a levantar los párpados. Allí, en el cristal de la puerta, un ceño fruncido me observaba mientras hacía girar el picaporte para pasar. El rubio avanzó a paso lento hasta donde yo me encontraba y sin decir nada se sentó a unos centímetros de mí.
    Estaba preocupado. No has bajado a cenar, y las chicas no te habían visto por el camarote.
    Un leve sollozo que agitó mi pecho fue la única respuesta que obtuvieron sus palabras, pero él no pareció molestarse. Al revés. Llevó su mano a la mía, que tenía apoyada contra el frío suelo, y la apretó con fuerza en un intento de transmitirme algo de ánimo, pero a mí me daba igual. Él ya tenía a otra chica por la que preocuparse, yo lo sabía muy bien, y su comportamiento sólo se debía a que poseía un gran corazón y una necesidad innata de ayudar a los demás. Era simple caridad, y eso me hizo sentirme mucho peor, así que separé mi mano de la suya sin decir una palabra, aislándome en mí misma, deseando que se fuera. Lo noté moverse, y pensé que mis deseos se habían hecho realidad y me iba a volver a dejar sola. Y para mi sorpresa eso me asustó, me asustó muchísimo. Pero lo único que hizo fue sentarse más cerca de mí y volver a coger mi mano a pesar de mis reticencias; me sentí mejor y esta vez no me opuse.
    Sé que no solemos hablar mucho... —Su voz dejó de sonar un momento, pero tras un par de segundos continuó hablando. —Pero si necesitas contárselo a alguien aquí me tienes. Aunque sea sólo para cogerte la mano.
    Llevaba dos horas tirada en el suelo de la bodega sin levantarme ni un palmo, pero sus palabras parecieron hacer efecto en mí y me incorporé para sentarme a su lado, sin llegar a soltar su mano. En esos momentos si la soltaba era posible que volviera a desmoronarme. Estuvimos unos minutos así, sin decir nada, mirando al vacío, perdidos en nuestros propios pensamientos. El silencio de la habitación sólo era roto de vez en cuando por los gemidos que salían de mi pecho, incapaz de contener unas lágrimas que corrían casi silenciosas por mis mejillas. Finalmente conseguí que no me temblase la voz, o al menos eso creía, y me atreví a murmurar una palabra.
    Gracias.
    Apenas fue un susurro, un hilo de voz, y casi pensé que él no lo había llegado a escuchar. Pero entonces se giró hacia mí y fijó su mirada en mi cara, mientras yo seguía mirando hacia delante, y habló.
    No tienes por qué dármelas, Estela. Para eso están los amigos.
    Amigos. En este mundo, ahora roto, esa palabra se utilizaba con demasiada ligereza, igual que los te quieros. A lo largo de mi vida sólo había tenido dos amigos verdaderos, dos personas merecedoras de toda mi confianza y que habían estado ahí siempre que me habían hecho falta, pero ya no estaban. Se habían ido, como todos los demás, como mis padres, como Ricky...
    No tienes por qué hacer esto. No necesito tu compasión ni la de nadie en este barco.
    Palomares giró su cuerpo hacia mí y me obligó a mirarlo a los ojos, girando mi cara suavemente con la mano que no estaba agarrada a la mía. Su mirada era seria, preocupada, pero ante todo parecía una mirada sincera.
    ¿Compasión? ¿Crees que contigo sólo nos mueve la compasión? —Mis ojos se estaban llenando de lágrimas de nuevo, así que desvié la mirada, pero él volvió a obligarme a mirarlo. —Eres importante para mucha gente de este barco, Estela, me incluyo entre ellos. Deberías saberlo.
    Con sus últimas palabras me soltó y volvió a apoyar su espalda contra la pared. Los dos estuvimos así, con la mirada al frente, sentados uno junto al otro, durante un par de minutos, hasta que me atreví a seguir hablando.
    Todos tienen a alguien en este barco, Palomares. Alguien especial, un amigo, incluso una pareja. Alguien que destaca por encima de los demás. Yo no tengo a nadie.
    Al llegar a ese punto perdí el poco autocontrol que me quedaba y las lágrimas salieron raudas de mis ojos, mientras mi pecho se agitaba por los sollozos. Él me abrazó, sin soltarme la mano ni un sólo momento, y me aferré a su pecho como si fuese lo único que quedase en el mundo. Las palabras de consuelo que me dedicaba no lograron alcanzar su cometido y seguí llorando amargamente sobre él, que no se quejó en ningún momento. Llevaba dos meses encerrada en ese barco y en unos minutos con él estaba dejando salir todo lo que me había guardado, los miedos, las frustraciones, la desesperación. La soledad. Poco a poco, minuto a minuto, me fui calmando, pero no llegué a separarme de él. Al final Palomares se atrevió a romper el silencio en el que estábamos sumidos.
    Eres estupenda, Estela. Siempre estás dispuesta a ayudar, y eso la gente lo sabe. Has cometido errores en este barco, sí, pero te has sobrepuesto de ellos con fuerza. Al menos luchas y lo intentas, ¿no? Ya es más de lo que hacemos algunos.
    Levanté la cabeza de su pecho y me incorporé, volviéndome a apoyar en la pared y asintiendo suavemente con la cabeza.
    Encontrarás lo que buscas, lo sé. Y antes de lo que piensas. Claro que tienes a alguien en este barco, y ahora también me tienes a mí. Todos tienen a alguien importante.
    Sus últimas palabras desprendían una amargura que no había escuchado hasta ahora. Giré mi cabeza y ahí estaba, con la mirada fija en el frente y esa amargura cubriéndole la cara.
    Gracias, de verdad. Creo que necesitaba algo como esto. Siento haberte hecho pasar por esto, lo siento mucho, pero me agobié. Hace un rato vi a Ainhoa y a Ulises, mirándose. Ni siquiera estaban juntos, cada uno estaba en una mesa del comedor, pero sólo con como se miran se ve lo que ocurre entre ellos. Ramiro sólo está pendiente de Gamboa, tú tienes a Vilma... me agobié.
    Palomares se removió nervioso y siguió mirando al frente cuando habló.
    ¿A Vilma? Bueno, yo soy un amigo más. Ella tiene a Piti.
    ¿Celoso? —Esa simple palabra pareció alertar sus sentidos, porque se volvió a mirarme y respondió con un tono de voz más alto de lo normal.
    ¿Qué? No, claro que no. Simplemente no quiero que le haga más daño. Vilma se merece ser feliz, ella y su bebé lo merecen. Va a ser una madre maravillosa, lo sé, ese niño va a tener mucha suerte. —Me fijé en sus ojos, en su mirada. La amargura había dado paso a la devoción, y aunque sus labios no lo mostraban, juraría que estaba sonriendo. Sonreía con la mirada. —Y va a necesitar un padre responsable, Piti tiene que centrarse. No entiendo cómo puede dudar ni un sólo momento teniéndola a ella a su lado.
    Momentos antes me hubiese sumido de nuevo en la angustia al oírle decir algo así, al oírle hablar con tanta pasión de Vilma, pero ahora sólo logró enternecerme. Más allá de las palabras, los gestos de Palomares, el tono de su voz, su expresión, irradiaban un sentimiento que no podía estar oculto bajo ninguna negación. Aquello era demasiado fuerte para permanecer escondido a los ojos de cualquiera.
    La quieres. —Mi voz sonó más fuerte que todo lo que había dicho hasta el momento. —Estás enamorado de ella, que no te quepa duda. Tus ojos no mienten.
    Palomares abrió la boca para replicar, pero volvió a cerrarla al no encontrar una excusa válida y enterró la cara entre sus manos. Su nudillos mostraban su crispación, y en medio de todo ese nerviosismo, de esa tensión, cuando su voz se coló entre los huecos que quedaban entre sus dedos sonó clara y decidida.
    La quiero. —Al instante supe que era la primera vez que lo reconocía. Levantó la cabeza posando su mirada sobre mí a la vez que una sonrisa triste cubría su rostro. —La quiero más de lo que he querido a nadie en toda mi vida.
    Esta vez fui yo la que llevé mi mano a la suya en un intento de darle ánimos. Sabía lo difícil que habría sido para él aceptar en voz alta lo que sentía por Vilma, a pesar de que ese sentimiento habitaba en su corazón desde hacía mucho tiempo. Ahora que lo había reconocido, que por fin aceptaba que estaba enamorado de su amiga, lo que más necesitaba era abrir su corazón y escuchar sus sentimientos en voz alta, procedentes de su garganta... a viva voz. Necesitaba contárselo a alguien y contárselo a sí mismo.
    ¿Es la primera vez que te enamoras?
    Aunque te parezca raro... no. —Volvió a sonreír, esta vez con fuerza, mientras a través de su mirada viajaba al pasado. —Cuando tenía diecisiete años conocí a María. Era preciosa, simplemente preciosa, con el pelo cortito, casi como un chico. Y con una sonrisa encantadora.
    Parece que te van las sonrisas bonitas, ¿no? —Mi comentario le hizo reír más fuerte, y pareció sorprenderle que lo supiera. Vilma me lo había contado en su momento, las pajaritas, el mensaje, el descubrimiento de que era él quien se las enviaba...
    Eso parece. María y yo estuvimos tres años juntos, y hasta ahora han sido los tres mejores años de mi vida, a pesar de que al final la cosa se enfriase entre nosotros. Y luego entré en el seminario. —Su mirada pareció apagarse, y con ello mi expresión se llenó de preocupación. —No me arrepiento de haber tomado aquella decisión, Estela. Nunca he dudado de mi fe y no creo que lo haga, me gusta ser sacerdote, me gusta de verdad. Pero ahora... Esto está mal. No tendría por qué sentirme así.
    El corazón no entiende de nada, Palomares. No puedes evitar enamorarte de alguien.
    ¿Pero por qué ahora? Llevo cinco años en esto, Estela, cinco años, y en todo este tiempo no me había fijado en nadie. Y ahora se acaba el mundo, probablemente sea el único sacerdote vivo sobre la faz de la tierra y no sólo me fijo en alguien, sino que me enamoro. Me enamoro con todas mis fuerzas. —Su voz iba perdiendo el vigor poco a poco, y pude notar que las lágrimas amenazaban con empezar a recorrer sus mejillas. Él no quería que lo viese llorar... y volvió a enterrar la cara entre las manos antes de volver a hablar. —Daría mi vida por ella y por su bebé, Estela, sin dudarlo ni un instante.
    Hacía tiempo que sabía lo que Palomares sentía por Vilma, creo que todos los sabíamos, todos menos él. Pero no había imaginado que aquel sentimiento podría ser tan fuerte y que lo estaba haciendo sufrir de aquella forma. Hasta entonces me había sentido posicionada de una forma ante aquel sentimiento... pero al verlo allí, tan abatido, tan desesperado, diciendo esas palabras, mis pensamientos cambiaron por completo. Palomares no merecía sufrir así, un alma tan pura como la suya no lo merecía. Con el corazón encogido ante su imagen levanté su cabeza y limpié con cuidado las lágrimas que no había logrado controlar, y lo obligué a mirarme a los ojos sujetándole la cara con mis manos, como él había hecho minutos atrás conmigo.
    Escúchame, Palomares. Todo este tiempo, internamente, me he opuesto a lo que sentías por ella porque creía que tu misión aquí era la de un sacerdote. Creía que Dios se enfadaría si abandonabas, porque eres su único siervo en la tierra, el encargado de seguir difundiendo sus preceptos y hacer que no perdamos la fe. Pero ya no lo creo. ¿No te das cuenta? —Él seguía mirándome a los ojos y luchando por tragarse las lágrimas, y negó levemente con la cabeza ante mi pregunta. —¿Cuántas posibilidades había de que sobrevivieses a bordo de un barco y entre el puñado de personas que sobrevivieron contigo se encontrase la mujer de tu vida? ¿Cuántas posibilidades había de que te enamorases de ella de esta forma, de que sintieses un amor tan grande por ella, de que sintieses más amor que el que has sentido en toda tu vida? Piénsalo bien, Palomares, porque yo no creo en las casualidades. Si Dios os ha puesto a Vilma y a ti en este barco es por algo, y no precisamente para que la mires desde la distancia.
    Mis manos cayeron sobre mi regazo. Por un momento pensé que lo iba a negar todo, que me iba a replicar, pero la cara de él parecía mostrar que lo estaba sopesando. Lo más fuerte que Palomares tenía era su fe, y no la perdería nunca; pero cuando un corazón ama con tanta fuerza es difícil no aferrarte a las pequeñas posibilidades que aparecen ante tus ojos. Palomares estaba sopesando la idea porque su corazón estaba luchando con todas sus energías por dejar salir ese sentimiento y agarrarse a la que parecía su única oportunidad.
    Estela, no sé si...
    Lo sabes. Tu cara me lo dice, Palomares. Sabes que la quieres y que esto no puede ser fruto del azar, llámalo destino, llámalo decisión divina si quieres... pero tienes que luchar por Vilma.
    Vilma está con Piti, y lo que yo sienta o deje de sentir no va a cambiar las cosas.
    ¿Y crees que ella conseguirá ser feliz con él? —Él rehuyó mi mirada, centrándola en sus manos. —Conoces a Piti, sabes como es. No tiene mala intención, lo sé, pero la caga una y otra vez. Ese chico necesita poner en orden sus prioridades.
    Yo sé que quiere a Vilma...
    Yo también lo sé, pero con querer no basta, hay que saber querer y él no sabe. Es inevitable que la siga haciendo daño. Lucha por ella, Palomares. Vilma necesita a alguien que lo merezca. Y no existe ningún pecado en ser feliz.
    En realidad no esperaba que me asegurase que iba a luchar por ella en ese momento, pensaba darle un tiempo para cavilarlo. Posiblemente el chico estaba a punto de tomar la decisión más importante de su vida y no era una persona impulsiva, siempre medía muy bien sus movimientos antes de actuar y le daba varias vueltas a todo. Pero sí que lo había visto actuar por impulso en una ocasión... aquella vez que había besado a Vilma. Aquella vez que había obrado siguiendo las directrices de su corazón.
    Lo voy a hacer. Voy a luchar por ella.
    Lo miré sorprendida, pero dedicándole una sonrisa. Sólo Vilma conseguía que siguiese los impulsos del corazón, y parecía que aquella vez su órgano vital había logrado traspasar las murallas que había creado la fría razón con la que Palomares solía actuar. Y yo le iba a ayudar a conseguir su meta, ya era hora de enmendar algunos de mis errores. Si hasta entonces no le había contado a Vilma lo que había pasado entre Piti y Dulce era porque estaba realmente convencida de que Palomares no debía involucrarse con ella, y era la única forma de evitar que mi amiga se alejase de Piti. Pero ella merecía saber la verdad, aunque fuese sólo para poder tomar sus propias decisiones. El resto vendría después... y yo no lo veía tan negro como lo veía Palomares.
    Estoy segura de que los mejores años de tu vida están por llegar, Palomares.
    El chico sonrió, más nervioso de lo que lo había visto nunca, y me abrazó. Nos fundimos en un abrazo largo, necesitado, que mostraba sin palabras el agradecimiento que sentíamos los dos por la conversación que acabábamos de mantener. Esa amistad que se había ido formando poco a poco, sin que yo me diese cuenta, terminaba de rubricarse con aquel abrazo. Finalmente nos separamos, todavía embargados por la emoción; él se puso en pie y me tendió una mano que yo acepté gustosa para abandonar el suelo de la bodega en el que había pasado las últimas tres horas.
    Anda, vámonos de aquí, que Ramiro estará subiéndose por las paredes —dijo él entre risas. Lo miré extrañado.
    ¿Ramiro?
    Cuando no te vio en la cena se puso nervioso y debe llevar unas dos horas buscándote por todo el barco, estaba convencido de que te había pasado algo... —Una mirada enigmática surgió de sus ojos y me apretó el brazo levemente. —Lo estaba ayudando a buscarte, suerte que te encontré yo primero.
    Pues venga, que no lo quiero hacer sufrir más.
    Los dos salimos por la puerta de la bodega en un estado completamente distinto al que habíamos entrado, dejando atrás algunos miedos, algunas frustraciones... y habiendo ganado algo más que una amistad mutua.
    |


  2. 0 comentarios:

    Publicar un comentario