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  1. Confidencias a medianoche

    domingo, 14 de agosto de 2011

    Para Anuska, porque sin ella, no seríamos nada

    Bajo las escaleras sigilosamente, esperando que nadie advirtiese su presencia, deseando que nadie lo descubriese saliendo de su camarote a esas horas de la madrugada.

    Se dirigía a la bodega, como cada noche. Si, sabía que estaba tentando su suerte, noche tras noche, arriesgándose a bajar allí, por ella. Para que ambos estuviesen bien, que tuviesen algo dulce, algo bueno que llevarse a la boca.

    Abrió la puerta dudando, sabiendo que no debía ir más allá, estaba a tiempo de dar la vuelta y volver a su camarote. A soñar con ella, porque esa era la única forma de tenerla, en sus sueños.

    Realmente sabía que allí no quedaba más para poder darles, pero él no perdía la esperanza. Y aunque sus búsquedas eran más que infructuosas, él seguía bajando, exponiéndose a ser descubierto.
    Como si quisiese en el fondo que eso ocurriese, quería que los demás abriesen sus ojos con respecto a él. Estaba enamorado de ella y no podía, ni quería evitarlo.

    La verdad es que era demasiado pedir, después de tanto tiempo bajando a la bodega, encontrar algo allí era cosa prácticamente imposible. Pero ella lo merecía, ellos lo merecían.
    No tenían la culpa de que el mundo se hubiese acabado y que los alimentos escaseasen.

    Ya había buscado en el lateral izquierdo de la bodega cuando creyó oír unos pasos. ¿Acaso lo habían descubierto?

    Corrió a esconderse detrás de unas cajas, por supuesto que quería que lo descubriesen, pero eso suponía no volver a llevarle algo cada mañana.

    La puerta se abrió y se cerró rápidamente sin hacer ruido, la persona que había entrado tampoco quería que la descubriesen allí.

    - Padre no se esconda, sé que está usted ahí.

    El chico respiró aliviado, era Salomé.
    Levantándose como un resorte, la saludó intentando que no advirtiese la vergüenza que estaba pasando.

    - Salomé... no sabía que estabas despierta...
    - Le he seguido Padre, así que no finja ¿Qué hace aquí? – preguntó la cocinera arqueando una ceja.
    - Yo... estaba... buscando algo – balbuceó el pobre.
    Vale, el lío ya estaba hecho, Salomé lo había agarrado prácticamente con las manos a la masa, estaba claro que pensaría que era un ladrón, madre de Dios!

    - Padre, no hace falta que mienta también, sé que ha venido a robar, como hace todas las noches.

    No! ¿Salomé lo sabía? ¿Cómo es que nunca le había dicho nada? Nunca lo había acusado!

    - ¿Robar? ¿Todas las noches? Yo... no...
    - Si yo lo veo con estos ojitos que lo ven todo. Y lo saben todo, porque, vamos a ver, ¿Qué es lo que no sé yo de este barco, de lo que pasa en él? Dígame. Tantos años cocinando, ay! Tantos años enterándome de todo. No porque yo sea una cotilla, que no lo soy! La gente viene a mi y yo los escucho como buena cristiana que soy.

    Madre mía, menudo monólogo! Andrés no pudo evitar que una carcajada se le escapase.

    - ¿Se quiere confesar Padre? Venga, siéntese aquí.

    El cura dudó un momento.

    - Venga hombre, siéntese aquí conmigo.

    Andrés finalmente se acercó y se sentó a su lado, quizás no fuese el mejor momento, ni el mejor lugar, pero Salomé quería que hablasen, pues hablarían.

    - Dígame Padre, sólo respóndame, la quiere? – le espetó Salomé.
    - ¿Co... cómo? – Andrés sintió su corazón casi salir por su boca.
    - A Vilma, ¿la quiere? – preguntó Salomé con insistencia.
    - Claro que la quiero, ¿Cómo no voy a quererla?
    - Ya, que si, que usted quiere a todos y cada uno de los hijos de Nuestro Señor, no me refiero a eso... ¿la ama?¿Está enamorado de ella?
    - ¿Yo? No! Salomé, soy cura!
    - Ande, ande! También era cura el Padre Ralph del Pájaro Espino y no por ello dejó de liarse con Mary.
    - No sé de que me hablas Salomé, de verdad no tengo idea.
    - No se haga el tonto, sé lo que hace por la noches, cada mañana, a todas horas...
    - ¿Qué? – preguntó el chico extrañado.
    - La mira... cuando nadie puede darse cuenta, usted, la mira.
    - ¿Y eso está mal? ¿Está mal preocuparse por la gente, saber si está bien o no?
    - Robar para ella, regalarle pajaritas un día si y otro también, sostenerla cuando se cae, decirle a Estela que cambie sus turnos, para poder hacerlos usted por ella, ¿está mal o no?

    Andrés dudó por una milésima de segundo. No, no estaba mal, proteger a la persona a la que amas, no está mal.

    - Está mal, si! ¿No se da cuenta? Ella no lo quiere, ella ama a Piti. Abra los ojos! Vilma creía que las pajaritas eran de él, ¿Porqué? Porque lo ama, porque sabiendo como es Piti, como alguien iba a pensar que iría por ahí dejándole pajaritas! Ella lo pensó y eso es porque lo quiere a él.
    Hágame caso, Padre, que yo de esto sé mucho. Déjeles el camino libre, no se meta, lo pasará mal.

    - No me pidas eso Salomé, no me lo pidas. No ves lo que he llegado a hacer por ella, por verla sonreír, porque su sonrisa es lo más bonito del mundo. No puedo dejar de quererla, aunque esté con Piti, aunque ella lo ame a él. No puedo olvidarla. Créeme, lo he intentado, la veo sonreír y se me olvida todo. Todo. Incluso que ella no me ama.

    - Ay! Justo lo que necesitaba oír! – dijo Salomé sonriendo.

    - ¿Cómo? – preguntó un asombrado Andrés.

    - Ay! hijo mío, quién crees que sería yo, si prohibiese tu felicidad! Sólo necesitaba comprobarlo por mis propios medios. Cuando era pequeña, mis padres no me dejaban comer dulces y yo, cuánto más me lo prohibían, más dulces comía. Tenía que pedirte que la olvidases, sólo así podría averiguar cuánto la amas.

    - Salomé! – chilló el chico medio enfadado.

    Fue ella quién me dijo que las pajaritas eran tuyas. Si te digo la verdad me sorprendió muchísimo, yo también creía que eran de Piti. En realidad, no sé si ella ya tenía la idea en la cabeza o se la metí yo. Lo que importa es que ambos la queréis y ella no quiere haceros daño a ninguno de los dos.

    - Ya no me dices Padre.

    Salomé rió.

    - Es que se me hace raro llamarte Padre, sabiendo que lo que menos quieres en este momento es seguir siéndolo. Ya sé, que tienes dudas, pero recuerda lo que me dijiste, cuando te dije que le dejaras el camino libre a Piti, explotaste y dijiste realmente todo lo que sentías.
    ¿Te acuerdas de lo que me dijiste cuando me confesé? Cuando Julián nos pilló en la cocina, mientras te contaba como me sentía? ¿lo recuerdas?

    Palomares asintió con la cabeza.

    - Yo te dije que me sentía culpable de ser tan feliz y tú, me respondiste que no debía sentirme mal por ser feliz, porque yo no tenía la culpa. Tenías toda la razón, Julián la tenía. Él tenía la culpa de que anduviese por el barco como si yo fuese una adolescente, sin importar el desastre que nos rodaba. Que lo quisiese tanto, que sólo él me importase. ¿te das cuenta de lo que quiero decir?
    No debes dudar, no debes sentirte culpable por lo que sientes, porque un amor como el que tú sientes por ella no es un pecado, es una bendición.

    Cuando el chico ya creía que había terminado su monólogo, Salomé siguió adelante.

    - Y te digo una cosa, Piti se le declaró si, pero ella no le respondió, todavía. Y eso ha sido por las pajaritas! Quién sabe si a lo mejor no se las hubieses ido dejando, ahora se estaría celebrando una boda.

    - Salomé! – chilló molesto Andrés.

    - Vale, ya me callo. Uy! Pero que tarde es!! Venga para la cama, a dormir se ha dicho. Julián se debe estar desesperando por saber que tal ha ido.

    - ¿El oficial lo sabe?

    - Fue él quién te descubrió bajando aquí. Te veía noche tras noche. Quería pillarte con las manos en la masa pero lo convencí para venir en su lugar. Me tienes que prometer que no vas a volver aquí, invéntate otra manera de conquistarla, no robando en la bodega, sino Julián te acusará al capitán y la tendremos! ¿Me lo prometes?

    - Te lo prometo... Salomé ¿Qué opina De la Cuadra de esto?

    - Pues básicamente sus palabras fueron “ A mi me da igual que sea cura, acróbata, que esté enamorado o que sea gay, lo quiero fuera de mi bodega ya!!”

    Andrés no pudo evitar soltar una carcajada, sin duda, era lo que pensaba el oficial.

    - Muchas gracias por todo Salomé – dijo el chico dándole un beso en la mejilla.

    - ¿Nos vamos? – le preguntó ella tendiéndole la mano, luego de guiñarle un ojo.

    - Nos vamos! – le respondió Andrés con una sonrisa en los labios.
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  2. 1 comentarios:

    1. Helena dijo...

      Y ahora quedaría perfecto si viésemos como Palomares termina de conquistar a Vilma. Me encanto

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