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  1. Cuestión de fe. Capítulo 2

    domingo, 27 de febrero de 2011


    Palomares estaba tumbado en su cama boca arriba, sin poder dormir. Ninguno de los otros chicos estaba en su camarote, y a pesar de la tranquilidad que reinaba en el ambiente él no conseguía conciliar el sueño. No podía abandonar los pensamientos que rondaban por su mente hacía semanas. En ese momento, la puerta de su camarote se abrió, y un Piti malhumorado entró arrastrando los pies. Sin saber a ciencia cierta si el cura estaba despierto habló en voz alta, porque de verdad necesitaba decírselo a alguien.
    —La he cagado, tío.
    Sin necesidad de haberla nombrado, Palomares supo que se refería a Vilma. No le hizo falta saber ningún detalle más para que le entrasen ganas de estrangularlo. Vilma y Piti llevaban juntos algo así como dos meses, y podría decirse que en parte era gracias a él mismo. Palomares se dio cuenta perfectamente del sentimiento que iba creciendo dentro de Vilma a partir del momento en el que Piti se convirtió en el padre de su hijo, por eso intentó abrirle los ojos a él. No iba a permitir que Vilma sufriese por Piti, era la persona más importante para él en ese barco y quería verla feliz. Y lo había conseguido, porque Vilma había tenido un brillo especial en los ojos durante estos meses, hasta hoy. Reprimió las ganas de cerrar las manos en torno a su cuello y se dispuso a averiguar qué había pasado.
    —¿Qué has hecho?
    El moreno se tumbó en su cama, colocó las manos sobre su cara y suspiró antes de contestar.
    —Vilma me ha pillado liándome con Estela.
    La ira de Palomares aumentó por momentos. Había confiado en que Piti cuidaría perfectamente de Vilma y su hijo y dejaría esa vena mujeriega que había mostrado los primeros días en el barco, pero ya se veía que no era así. Y lo peor de todo es que Piti se veía arrepentido de verdad, como si ella le importase realmente. Palomares no lo entendía. Para él el amor, el respeto y el cariño iban siempre de la mano, y no comprendía cómo Piti los podía separar así.
    —Eres gilipollas, Piti. —Se incorporó en la cama para mirarlo directamente. —Vilma confiaba en ti. Lleva dos meses confiando en ti. ¿Es que no lo ves? Yo pensaba que te importaba de verdad.
    —¡Y me importa de verdad! —Se incorporó bruscamente, dándose un golpe en la cabeza con la balda que había sobre su cama. De la rabia, le dio un manotazo a lo que había encima y el reloj despertador cayó al suelo. Parece que ni lo notó. —No sé porque lo he hecho. Soy gilipollas. Me ha dicho que no la vuelva a hablar en la vida. Me ha dejado, tío.
    Palomares se levantó de la cama y se dirigió a la puerta. Tenía ganas de darle un puñetazo a Piti y necesitaba contenerse, y estando tan cerca de él no lo iba a conseguir. Antes de salir del camarote, se giró para hablarle por última vez.
    —Lo tienes merecido, Piti.
    Dio un portazo y trató de serenarse en el pasillo. Con un suspiro, decidió ir a la cocina a por un vaso de leche y poder pensar tranquilamente, pero no llegó a su destino. En ese momento Vilma salía del baño; a Palomares casi se le rompe el corazón al ver su cara. Se notaba que había estado llorando, porque tenía los ojos totalmente rojos e hinchados, y aún quedaban las señales de sus últimas lágrimas en sus mejillas. Podría dejarla tranquila y pasar de largo pero le fue imposible hacerlo. Se frenó en seco, y cuando ella llegó a su altura se abrazó a él con fuerza.
    —Vilma, cariño, tranquila. Shh, tranquila.
    Notó como las lágrimas empezaban a mojar su camiseta del pijama pero no le importó lo más mínimo. En aquel momento sólo deseaba que ella dejase de llorar. En estos meses su relación se había estrechado muchísimo, y él se había convertido para ella en algo así como su mejor amigo. Como su hermano mayor, que estaba allí para cuidarla en todo momento. Palomares estaba encantado de estar tan unido a ella y no dudaba en que siempre estaría allí para cuidarla, pero no había podido evitar empezar a verla con otros ojos. A pesar de que había sido él el que la había empujado a empezar una relación con Piti, llegó un momento en el que no podía verlos juntos porque se le formaba un nudo en el corazón. Pero él seguía siendo sacerdote, y Vilma era la novia de Piti, así que no podía hacer nada más que callarse. Aunque no soportase que ella fuese sólo su hermanita.
    —Cariño tienes que dormir un poco. Mañana verás las cosas más claras y estaré aquí para lo que necesites, ya lo sabes. Para hablar o simplemente para hacerte compañía.
    —Andrés, no me dejes sola. No esta noche, por favor. Déjame estar contigo.
    Palomares no había deseado nunca con tanta fuerza poder contentarla con eso. Pese a los sentimientos que tenía hacia ella y que había dejado de negarse en las últimas semanas lo que más quería era consolarla, que dejase de llorar.
    —Puedes quedarte conmigo, sabes que no me importa. Pero en mi camarote también está Piti.
    Sintió cómo ella sollozaba más fuerte con la mención de su nombre, y la apretó más si podía entre sus brazos. Iba a seguir hablándole pero alguien salió al pasillo de uno de los camarotes, y cuando Vilma vio quien era se escabulló de entre sus brazos y se lanzó hacia esa persona.
    —¡Eres una zorra! —Palomares corrió para intentar que Vilma no le hiciese nada a Estela, pero no llegó a tiempo. La chica le pegó un bofetón a su amiga morena, desde esa tarde, ex-amiga. —¡Fuera de mi camarote! Te vas a dormir con el cerdo baboso de Piti si quieres, ¡pero aquí no vuelves a entrar!
    Palomares la cogió de los brazos. La voz de Vilma se había roto con sus últimas palabras y las lágrimas corrían sin parar por sus mejillas. Estela miraba al suelo sin saber qué hacer porque en el fondo sabía que se merecía todas esas palabras. Entonces alguien más se unió a la escena, y Piti salió de su camarote al escuchar los gritos.
    —Vilma no te pongas así. Ha sido un error, escucha...
    —Piti. —La voz de Palomares no sonaba precisamente amable. —Déjalo, por favor. No es el momento.
    Piti lo miró fijamente, finalmente asintió y volvió a entrar en su camarote sin decir ni una palabra. Las cosas no estaban como para intentar explicar algo que había quedado explicado por sí solo. Vilma se giró y volvió a apoyar la cara en el pecho de Palomares, aferrándose a él como si fuera a caerse en cualquier momento. Él la sostuvo delicadamente por la cintura pero con la firmeza suficiente como para mantenerla erguida.
    —Estela, por favor, creo que esta noche no es buena idea que te quedes en tu camarote. Puedes dormir en mi cama si quieres, no la voy a utilizar.
    Cuando la chica se hubo ido con sus cosas, Palomares llevó a Vilma hasta la cama que había bajo su litera, porque no se veía con fuerzas para subirla a la de arriba. Ainhoa llevaba un tiempo viviendo con Gamboa por lo que estaban solos en el camarote. Se sentó junto a ella y la arropó, y después hizo el amago de levantarse pero la mano de Vilma se aferró a su muñeca.
    —Por favor Andrés, túmbate conmigo. No puedo dormir sola, no hoy.
    Palomares no podía negarle nada, así que se recostó a su lado. Vilma colocó la cabeza en su hombro y él la rodeó con su brazo. La chica había dejado de sollozar pero lágrimas silenciosas todavía recorrían sus mejillas, coloradas por el ataque de ira que le había dado en los pasillos hace unos minutos. Esa noche Vilma tardó en dormirse, pero finalmente cayó rendida por lo agotada que estaba. Palomares sin embargo no logró conciliar el sueño. Pasó toda la noche con los ojos abiertos, abrazando con fuerza a Vilma cada vez que se revolvía en unos sueños que no parecían agradables, y sobre todo pensando. Pensando en que a pesar de lo difícil que se le estaba haciendo, a pesar de lo que la quería, no podría separarse de ella nunca. Seguiría sufriendo en silencio para estar allí cada vez que lo necesitara.
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  2. 2 comentarios:

    1. Débora dijo...

      Solo hay un comentario posible: GUIONISTAS! APRENDAN!

    2. lara91 dijo...

      que belleza de fic, amor en silencio, que lindo!!!!!!!!!

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