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  1. Celos

    sábado, 5 de marzo de 2011

    Tras el capítulo 7



    El golpeteo rítmico que se escuchaba por las tuberías y las risas de sus compañeros provenientes del fondo del pasillo no pasaron desapercibidos para Palomares. Con la curiosidad que lo caracterizaba desde niño, cuando espiaba a través de la rendija de la puerta las conversaciones que su hermano mayor mantenía con su novia, el cura avanzó hacia el final del pasillo. Cuatro compañeros se encontraban pegados a una puerta riendo a carcajadas. Palomares se extrañó al no entender lo que hacían allí, pero cuando lo comprendió todo notó cómo sus mejillas aumentaban de temperatura y supo que se había sonrojado. Dos personas estaban haciendo el amor detrás de esa puerta y los demás los estaban jaleando.
    Palomares sabía perfectamente lo que estaba sucediendo porque él mismo lo había hecho años atrás. Antes de hacer el voto de castidad había tenido novia, y María no estaba precisamente dispuesta a esperar para hacerlo después del matrimonio. Bueno, siendo sincero, él tampoco lo estaba. Pero de eso había pasado mucho tiempo, y no era lo mismo experimentarlo tú mismo que sentir cómo lo hacían los demás. Intentó que los alumnos respetasen la intimidad de los tortolitos pero no le hicieron caso... En ese instante, una voz ronca se escuchó al otro lado de la puerta.
    ¡Dios!
    No supo qué lo había sonrojado más, si la mención del Señor en un momento como aquel o reconocer a Piti detrás de esa palabra. Y saber que era Piti el que estaba en ese camarote trasladó su mente y la causa de su sonrojo a otra persona. Vilma. ¿Sería ella la que había provocado que Piti mentase a Dios aun cuando lo más seguro es que ni creyese en su existencia? Algo se revolvió dentro de Palomares, algo que no le gustó. Igual que no le había gustado que una semana atrás Piti le dijese que iba a ser el padre del hijo de Vilma.
    Sin embargo, sus mayores temores se esfumaron rápidamente con lo que escuchó después. La mujer al otro lado de la puerta empezó a proferir gemidos. Palomares podría haber identificado el tono de voz de Vilma entre muchos otros, y estaba seguro de que no era ella. Sus sospechas se confirmaron cuando la vio llegar desde el otro lado del pasillo con un barreño entre sus manos. Por un momento una sonrisa cubrió su rostro, una sonrisa que desapareció al pensar que a Vilma no le haría mucha gracia saber que Piti estaba en ese camarote haciendo el amor con otra mujer de la que lo único que sabía en ese momento era que gritaba mucho.
    ¿Qué pasa? —Vilma lo dijo bajito, como si no quisiese molestar a los que estaban dentro, pero a pesar de ello no pudo disimular la curiosidad de su voz. Palomares intentó quitarle importancia al asunto y llevársela de allí.
    No, nada, que... que están aquí arreglando lo de... lo de la tubería esta, aquí dentro...
    Por la cara que puso ella y su sonrisa, pudo ver que no le había creído. Sus dotes de disimulo no eran muy convincentes, pero sin duda los gemidos de la mujer que iban aumentando de volumen cada vez más no habían ayudado. Los otros cuatro alumnos empezaron a aplaudir más rápido, y Vilma levantó las cejas con algo de incredulidad. Palomares bajó la mirada azorado. No iba a poder evitar que Vilma viese lo que estaba pasando ahí dentro. Cruzo los brazos, incómodo, y al echar una mirada hacia su chica favorita la vio sonreír divertida. Dentro del camarote la pasión llegó a su clímax, con la posterior celebración del público que esperaba expectante pegado a la puerta. Dicha puerta se abrió para dar paso a Piti, y Vilma retrocedió unos pasos y se ocultó tras la pared para que él no la viese.
    Bueno, bueno, ¿es que nunca habéis oído un buen centrifugado o qué?
    Palomares conocía lo suficiente a Vilma como para saber que por la cara que acababa de poner dos palabras habían pasado por su mente. Cerdo baboso. Pero entonces una expresión de molestia, casi de dolor, cruzó su rostro, y la chica se dio la vuelta con la atenta mirada de Andrés en su espalda. Cuando la mujer que había estado con Piti salió del camarote, Palomares temió lo peor. Los cuatro alumnos gritaron el nombre de Estela, y el rubio vio como Vilma no podía evitar girarse y volver a asomar la cabeza para ver a una Estela con el pelo alborotado y abrazándose a Piti.
    Y cuando ella se dio la vuelta y se marchó apresuradamente de allí, mientras él seguía de brazos cruzados apoyado en la pared, sintió algo que no le gustó. Algo que le gustó menos que el hecho de que Piti fuese a ser el padre del hijo de Vilma, algo que le gustó incluso menos que pensar que eran Piti y Vilma los que estaban detrás de esa puerta. Porque lo que sintió fue verdadero dolor, un reflejo del dolor que había visto en la cara de ella.



    Movido por aquel dolor, Palomares tenía la intención de hablar con Piti, a pesar de que sabía que no era fácil mantener una conversación con el Don Juan del barco cuando ésta implica sentimientos. Sin embargo no pretendía rendirse, porque en este caso eran los sentimientos de Vilma los que estaban en juego, y Palomares no iba a permitir que ella sufriese. Era la persona más importante para él dentro de ese barco, estaba seguro, y sentía la obligación, la necesidad de protegerla de quien fuese. Incluso del cabra loca de su amigo Piti.
    Lo interceptó cuando los dos iban por el pasillo, caña de pescar en mano. El moreno llevaba su pelo cubierto con un gorro rojo que acentuaba su pinta de graciosete. Y como Palomares esperaba, esa vena cómica de Piti salió a la luz nada más empezar la conversación.
    Que os ha escuchado medio barco, tío.
    ¿Pero qué quieres que haga yo, Palomares, si grita mucho?—Piti sonrió antes de seguir hablando. —¿Le pongo un capuchón en la cabeza, qué hago?
    Palomares rodó los ojos. Sólo Piti podría pensar en ponerle un capuchón a una chica en la cabeza cuando estaban haciendo el amor. O en pleno folleteo, como diría él.
    Pero qué capuchón... Lo que te estoy diciendo es que hagas bien las cosas, Piti. ¿A ti te gusta Estela?
    Como él no respondió, Palomares puso la mano en su hombro y lo apoyó contra la pared. Piti no tenía cara de querer responder esa pregunta en ese preciso momento. El rubio le quitó el gorro, como si con eso gesto añadiese un poco de seriedad al asunto. Inclinándose un poco sobre él, ya que la diferencia de altura era obvia, y colocando la mano con la que había cogido el gorro nuevamente en su hombro intentó hacerle entrar en razón. Tarea difícil.
    Piti, que esto no es la pesca de arrastre en el Pacha. Estamos en un barco, a la deriva y sin más gente en el mundo. Lo que hacemos influye a todos, Piti. —Sin duda se estaba refiriendo a Vilma. Palomares suspiró antes de volver a formular la pregunta. —¿Te gusta Estela o no?
    Piti bajó la mirada y no pudo contestar a su pregunta. No hizo falta más para saber que la respuesta a eso era “no”, y que como Palomares sospechaba, lo de Estela no era más que otro más de sus juegos. En ese momento se escuchó una voz en grito proveniente del fondo del pasillo, donde estaba el camarote de las chicas, que los hizo girarse. Era, sin dudarlo, Vilma.
    ¡Que te largues de aquí! —Al acercarse, los dos chicos vieron cómo Vilma lanzaba una bota fuera de la habitación. Estela apareció detrás de ella.
    Vilma...
    Que te pires, que te vayas, ¡fuera! —La embarazada empujó a su ahora examiga fuera de la habitación, contra la escalera de metal que había enfrente. —¡Que te largues!
    Siguió lanzando cosas fuera de la habitación mientras Estela murmuraba su nombre y se cubría la cara para no hacerse daño con todo lo que Vilma estaba tirando. Palomares y Piti miraban la escena asombrados desde la otra esquina, sin intervenir. Cuando se escuchó el sonido de algo romperse, Estela no pudo más.
    Tía, ¡estás loca! ¡Para!
    Pero Vilma no estaba dispuesta a ceder ni un poco, y dejando caer en el pasillo las últimas cosas de la morena profirió un grito lleno de rabia antes de cerrar con un portazo.
    ¡Que te vayas a vivir con tu novio!
    Palomares tragó saliva. No pensaba que la reacción de Vilma iba a ser tan fuerte, pero el comportamiento de Piti le afectaba más de lo que parecía. El semblante de Vilma había mostrado ira, sí, pero también había vuelto a reflejar el dolor que Palomares había visto en él esta mañana. Y en ese momento se hizo una promesa. Se prometió a sí mismo que no iba a dejar que Piti jugase con ella. Nunca. Pasara lo que pasara.



    Así que Palomares no se rindió, y esa tarde volvió a acorralar a Piti en el pasillo para hacerle entrar en razón. Con un poco de suerte, la pelea de Vilma y Estela que habían presenciado habría hecho al menos un clic en su cabeza. Cuando por fin lo tenía a su merced, sin escapatoria, obligado a contestar, un alumno llegó corriendo desde los vestuarios y los alertó casi gritando.
    ¡Vuestras churris se están pegando como lobas en las duchas!
    Andrés al principio no reaccionó. Se quedó parado, pensando en lo que había dicho aquel chico. ¿Vuestras churris? En ese momento Piti echó a correr hacia las duchas y Palomares no dudó en seguirlo. Al llegar, los dos se frenaron en seco y se miraron. Estela y Vilma estaban semidesnudas, tiradas en el suelo de las duchas y enzarzadas en una pelea como si fuesen niñas de colegio. De nuevo, el que reaccionó fue Piti y se lanzó hacia las chicas, separando a Vilma con dificultad y agarrándola de la cintura para que no volviese a abalanzarse sobre la morena. Palomares hizo lo propio con Estela, y las dos chicas siguieron gritándose histéricas. Al final, Piti tuvo que sentarse contra la pared abrazando a Vilma para poder sujetarla, y Andrés trató de calmar a Estela.
    Estela, tranquila. ¡Tranquila! —Sujetó la cara mojada de ella entre sus manos hasta que se tranquilizó. Después los dos se giraron hacia donde estaban Piti y una Vilma con la respiración agitada.
    Ya está, Vilma, ya está, tranquila... No te voy a dejar nunca, ¿me oyes? Nunca.
    Palomares miró a Estela y vio el sufrimiento en su cara al ver a Piti tratar así a Vilma. Se imaginó que a ella no la había tratado con tanta ternura esa misma mañana cuando hicieron el amor... Pasó un brazo por sus hombros, intentando reconfortarla, pero dándose cuenta de que él mismo estaba sintiendo ese dolor. Quizá hasta entonces no se había dado cuenta de lo que suponía una relación entre Piti y Vilma y verlos así, tan unidos, compartiendo esas palabras, despertó algo en su interior que no había sentido en seis años. La última vez que ese gusanillo se había apoderado de su interior había sido cuando había visto a María paseando con su vecino de la mano. Celos.
    Piti seguía reconfortando a Vilma mientras ella no podía evitar derramar más lágrimas.
    Voy a ser el padre de tu hijo, ¿me oyes? Voy a estar contigo siempre. Siempre Vilma.
    Ella se giró y se acurrucó contra el cuerpo de él, apoyando la cara contra su hombro. Mientras tanto, frente a ellos, un chico y una chica, uno junto a la otra, los observaban con un puño aferrándose a su corazón. En el caso de ella, amenazando su libido. En el de él, amenazando su fe.
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