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  1. Cuestión de fe. Capítulo 6

    domingo, 3 de abril de 2011



    Palomares tocó la puerta de la cocina con los nudillos y asomó la cabeza al interior.
    ¿Se puede?
    La única persona que estaba en la cocina era Salomé, que en ese momento se encontraba colocando unas latas en los armarios del fondo. Se giró y le sonrió antes de hablar.
    Claro hijo, pasa. Estoy terminando de colocar esto, ya termino.
    El chico dejó la puerta entornada tras su espalda y se sentó en una silla a esperar que Salomé terminase lo que estaba haciendo. Tenía las manos entrelazadas y las colocó encima de la mesa mirándolas fijamente, mientras su mente viajó a lo que llevaba pensando los últimos tres días: una conversación que había tenido con Vilma. Ella no quería a Piti, no estaba enamorada de él. Cada vez que se pronunciaba a sí mismo esas palabras sentía una pequeña sacudida en su corazón, porque se recordaba que él mismo estaba enamorado de Vilma. Él, que había pasado seis años metido en un seminario y se había convertido en cura, para que ahora una chica se cruzase en su camino y pusiese todo su mundo patas arriba...
    Andrés, ¿me estás escuchando?
    La voz de Salomé hizo que levantara la mirada y la viese sentada frente a él, esperando una respuesta. Por un momento se había olvidado de que había acudido a la cocina porque Salomé quería confesarse. En ese barco todos seguían considerándolo sacerdote, pese a las dudas que él tenía guardadas en su interior y que no era capaz de contar a nadie. Se obligó a despejar su mente y le sonrió a la mujer, dispuesto a dar lo mejor de sí mismo.
    Sí, perdona. Estaba distraído.
    No hace falta que lo jures. —Salomé se levantó de su silla y se acercó a uno de los armarios. —Voy a prepararte algo de estraperlo, pero no lo vayas contando por ahí, ¿eh?
    Palomares rió y asintió con la cabeza. Todos los que estaban en ese barco tenían suerte de que ella estuviese allí, supliendo de alguna forma la falta de una madre. En pocos minutos Salomé estaba de vuelta en la mesa con un vaso de leche caliente y dos galletas, y volvió a sentarse frente a él.
    No te puedo dar más, lo siento. —dijo mientras le daba unas palmaditas en el dorso de la mano.
    Muchas gracias Salomé, qué haríamos sin ti... —Mojó una galleta en la leche y se la llevó a la boca, y cuando la hubo tragado volvió a hablar. —Bueno, ¿qué querías contarme?
    Pues... La verdad es que quería hablarte de Ulises.
    Andrés la miró extrañado porque no se esperaba algo así. Pensaba que querría hablarle de De la Cuadra o incluso de Burbuja, con todo lo que había pasado el pobre últimamente... Con mucha curiosidad hizo un gesto para que ella siguiese hablando mientras tragaba su último trozo de galleta.
    Ulises es el hijo de Julián, Andrés. Y yo estoy casada con su padre. —Palomares recordó con cariño la ceremonia que había oficiado él mismo apenas dos meses antes. —Sé que no puedo ser su madre, ni lo pretendo, pero me gustaría que me viese como alguien más cercano que la cocinera del barco en el que está.
    Sin necesidad de más palabras el rubio entendió perfectamente cómo se sentía ella; no podía ser indiferente al hijo de la persona que amaba, al igual que él no podía ser indiferente al hijo de Vilma. La cogió de las manos e intentó transmitirle seguridad con una sonrisa.
    Salomé, creo que nadie en este barco te ve como una simple cocinera, te has convertido en algo así como nuestra madre. —Ella hizo amago de interrumpirlo, pero él no la dejó. —Sí, lo sé, sé que no quieres que Ulises te vea como el resto. Pero de verdad creo que no te ve así.
    Ella no quedó muy contenta con la respuesta.
    ¿Realmente lo crees?
    De verdad, Salomé. Lo creo por la forma en la que habla de ti cuando no estás delante, y por las veces que se cuela en la cocina con la excusa de que quiere comer algo para hablar contigo. ¿Crees que con nosotros habla mucho de Ainhoa? Claro que no.
    Es que está enamoradito de ella, el pobre... Aunque no lo diga abiertamente, eso se ve. —Salomé sonrió con seguridad, dándose cuenta de que Palomares tenía razón. —Y mi niña sigue con ese hombre del que no me fío ni un pelo...
    ¿Lo ves? Eres una madre para todos, lo llevas dentro.
    Muchas gracias, hijo. Siempre me viene muy bien hablar contigo—Él sacudió levemente la cabeza quitándole importancia al asunto y bebió de un trago lo que le quedaba de leche antes de volver a hablar.
    Bueno, para las confesiones está el cura, ¿no? —Salomé lo miró a los ojos, y sonrió.
    No te he elegido para hablar porque seas sacerdote, Andrés. Acudo a ti siempre porque sabes escuchar de verdad.
    Una sensación extraña recorrió a Palomares, complacido de que no le vieran simplemente como un sacerdote, porque él era algo más que eso, cada vez estaba más seguro, y el alzacuellos que antes llevaba tan gustoso había empezado a apretarle. Se había intentado convencer de que lo que sentía por Vilma tenía que quedarse allí porque ella estaba enamorada de su mejor amigo y él seguía siendo sacerdote, pero la primera pieza del dominó había caído y amenazaba con empezar a tirar todas las demás. No había perdido su fe en Dios, ni mucho menos. Saber que estaba en un barco a la deriva no había erosionado ninguna de sus creencias, pero tal vez su misión como sacerdote ya no tenía ningún sentido. Casi cinco meses después de saber que el mundo había llegado a su fin las aguas estaban lo suficiente calmadas como para que su labor no hiciese falta.
    Andrés. —La voz de Salomé lo sacó de sus pensamientos. —No es bueno escuchar siempre a los demás y guardarte todo lo que te pasa para ti.
    Palomares la miró sin saber exactamente qué pasaba por la mente de la mujer, pero temiéndose lo peor.
    No sé a qué te refieres.
    Escucharon cómo la puerta chirriaba levemente, y se giraron pero allí no había nadie. Palomares intentó aprovechar para evadir el tema pero Salomé no le dejó.
    Sé que te gusta alguien, cielo. Eso se nota. —El chico se frotó las manos nervioso y levantó la mirada hacia ella.
    ¿Tan transparente soy?
    Salomé rió y negó con la cabeza, pero satisfecha porque había dado en el clavo y había logrado que él no se lo negase.
    No, tranquilo. Pero yo me doy cuenta de esas cosas.
    De todas formas da igual, Salomé. —dijo Andrés. Se recostó en la silla y suspiró sonoramente, y Salomé pudo ver lo difícil que era para él esa situación. —No va a pasar nada.
    ­—No tienes que sentirte obligado a nada, cielo. Eres libre de hacer lo que quieras, los caminos que se toman se pueden desandar para escoger uno mejor.
    Ese no es el único problema, Salomé. —Palomares se puso de pie con intención de irse, no estaba preparado para seguir hablando de ello. —No soy el único elemento de la ecuación. —Se giró en dirección a la puerta, pero lo siguiente que dijo la mujer hizo que se frenase y se volviese a mirarla.
    No creas que conoces todo lo que Vilma puede llegar a sentir.
    ¿Cómo...? ¿Cómo sabes que es ella? —Salomé sonrió e hizo un gesto con la mano quitándole importancia.
    ¿Quién si no? A veces una mirada vale más que mil palabras.
    Palomares sonrió y salió de la cocina cerrando la puerta tras su espalda, pero algo lo empujó contra la pared que había junto a él. Tras unos segundos de confusión levantó la cabeza y se encontró a Piti frente a él, con los brazos cruzados y cara de pocos amigos. Palomares no entendía nada. Aquella misma mañana había estado con él y no había ningún problema entre los dos... Piti le dio un golpecito en el pecho con el dedo y le habló casi gritando.
    ¡Eres un hijo de puta, Palomares! ¡Un hijo de puta!
    Ahora sí que no entendía nada. ¿Qué había hecho él? Intentando no alterarse mucho se separó de la pared y puso las manos en alto, en señal de que no pensaba hacerle nada a Piti.
    ¿Qué te pasa, Piti? No entiendo nada.
    Eras tú, tenía que haberme dado cuenta. ¡Por tu culpa Vilma se ha alejado de mí! —Piti siguió levantando la voz y gesticulando mucho, mientras Palomares seguía sin comprender por qué él era la razón de la separación de Piti y Vilma.
    Piti, de verdad, no sé qué estás pensando pero yo...
    ¡Te gusta! —El moreno lo interumpió. —¡Todo este tiempo te gustaba! Ella se lleva muy bien contigo y confía plenamente en ti, y tú has hecho que se aleje de mí, que deje de quererme.
    La situación empezaba a cobrar algo de sentido en la mente de Andrés. Piti acababa de escuchar su conversación con Salomé, de eso estaba seguro, pero lo había malinterpretado todo. No había hecho nada para que Vilma se alejara de él, había sido ella misma la que se había dado cuenta de cuáles eran sus sentimientos. Debido al alboroto Salomé salió de la cocina alarmada.
    ¿Qué está pasando aquí?
    Lo que pasa aquí es que Palomares es un cabrón. Mucho predicar, pero se dedica a joder a los demás para su propio beneficio.
    Piti, de verdad, yo no he hecho nada. Al revés, ¡si le dije que debería darte una oportunidad!
    Él no le creyó y se abalanzó hacia el rubio. Salomé intentó ponerse en medio de los dos pero no pudo evitar que Piti empujase de nuevo a Palomares, esta vez con más fuerza, y el chico se golpeó con el marco de la puerta de la cocina.
    ¡Piti!
    Era la voz de Vilma. Palomares miró hacia el fondo y la vio acudir corriendo hacia donde estaban los dos, y cuando llegó se agarró a su brazo. Miró a uno y a otro alternativamente muy seria antes de hablar.
    ¿Qué os pasa?
    ¿Que qué me pasa? —Que Vilma se hubiese agarrado al brazo de Palomares no había ayudado precisamente a que Piti se calmara. —Que Palomares ha conseguido que me dejes.
    ¿Qué? —La cara de Vilma mostraba total incredulidad. —¿Pero qué estás diciendo?
    Que te ha comido la cabeza, Vilma. A saber qué te ha dicho para que dejes de quererme.
    Vilma se soltó de Andrés, que estaba intentando calmarse, y se acercó a Piti.
    Piti, él no ha hecho nada. Es más, fue él quien me convenció de darte otra oportunidad. Pero no te quiero, Piti, y nadie puede hacer que eso cambie.
    Piti pareció calmarse un poco, y Salomé se acercó a él y lo cogió por los hombros.
    Piti, ¿de verdad crees que Palomares haría que Vilma te dejara?
    ¿Qué razón tendría para ello? ¿Jodernos a los dos? —dijo Vilma. Piti miró a Palomares, y este negó levemente con la cabeza, intentando que Piti captase su mensaje.
    Ninguna. —Palomares suspiró aliviado. —Lo siento, no sé qué me ha pasado. Lo he interpretado todo mal.
    Andrés se acercó a él y le dio un golpecito en el hombro, quitándole hierro al asunto.
    No te preocupes. Llevamos cinco meses moviéndonos en los pocos metros cuadrados de este barco y estamos todos muy nerviosos.
    Piti le dedicó un mudo asentimiento, y Salomé se lo llevó a la cocina para terminar de calmarlo. Con leche con galletas, pensó Palomares sonriendo. Una charla con Salomé era lo que todos necesitaban en momentos así. Salió con Vilma a la cubierta, pensando que ahora había dos personas en ese barco que sabían que sentía algo más que amistad por la chica que estaba a su lado, pero pensando sobre todo en lo que le había dicho Salomé antes de salir de la cocina.
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